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Hallazgos

» 26/02/2016
  • Palacio de la ópera noruega (Oslo, Noruega, 2008, premio ex aequo en 2010)
«Queríamos destacar la importancia de las intervenciones que activan el tejido urbano y que posibilitan que todo el mundo partícipe de él. Nuestros hallazgos han resultado ser muy diversos»
Por tres veces he tenido el privilegio de participar en intensos debates con mis colegas del Jurado del Premio Europeo del Espacio Público Urbano. Queríamos destacar la importancia de las intervenciones que activan el tejido urbano y que posibilitan que todo el mundo partícipe de él. Nuestros hallazgos han resultado ser muy diversos. Un teatro hecho a medida para su contexto enriqueció la fachada fluvial de Ripoll (mención especial en 2014). De modo parecido, una plaza de Rotterdam (mención especial en 2010) acoge actividades culturales gracias a la inserción de un teatro. Las dos mitades de la ciudad de Elche (premio ex aequo en 2014) fueron conectadas mediante varios senderos para ciclistas y peatones. Una línea ferroviaria sin uso fue transformada en el corredor de Helsinki (mención especial en 2014). En las marismas de Rainham, cerca de Londres (mención especial en 2014), áreas antes cerradas al público se hicieron accesibles. Los márgenes del río de Ljubjlana (premio ex aequo en 2012) se convirtieron en áreas de reposo de gran calidad. A menudo, encontramos que el tránsito de coches se había reducido con éxito para dar lugar al espacio público urbano, resaltando así la belleza natural de áreas centrales como el Puerto Viejo de Marsella (premio ex aequo en 2014) o la playa de Benidorm (mención especial en 2010). Una perspectiva innovadora en la transformación de calles es el concepto de «superficie compartida», aplicado a la Exhibition Road de Londres (mención especial en 2012). Igualmente, los espacios públicos proporcionan usos adicionales, como es el caso de la biblioteca al aire libre de Magdeburg (premio ex aequo en 2010), en Alemania. Una vez, incluso, fuimos testigos de una situación poco habitual en la cual era el propio edificio el que constituía el espacio público. Y era un caso magnífico: el palacio de la ópera noruega, en Oslo (premio ex aequo en 2010), con su cubierta inclinada que ofrece una espectacular terraza y que no solo ganó el Premio Europeo del Espacio Público Urbano sino también el Premio de Arquitectura Contemporánea de la Unión Europea de 2009.
Los espacios públicos son muy especiales, fruto de la larga tradición del urbanismo mediterráneo. No suelen encontrarse fuera de Europa y del Norte de África, con la excepción de aquellos lugares donde han sobrevivido barrios europeos, desde Buenos Aires a Singapur, pasando por Boston o Ciudad del Cabo. Presentan un tejido urbano tupido, que no es de propiedad completamente privada sino que se fundamenta en el dominio público. La densidad residencial debe ser alta, pero no tanto como para que todo el espacio esté edificado o dedicado a las infraestructuras. El tráfico de ciclistas y peatones debe ser altamente valorado, mientras que el aparcamiento de vehículos no debería jugar un rol principal —razón de peso para que el espacio público de calidad tenga muy pocas posibilidades en un típico downtown de los Estados Unidos—. Tendría que haber más conciencia respecto al hecho de que la inversión en espacios públicos es una cuestión primordial para el interés general y no algo que pueda ser delegado a los inversores privados. Por ello, los centros comerciales no pueden ser plenamente equiparados a los espacios públicos —porque disponen de controles de seguridad y, por lo tanto, tienen un acceso limitado—.

Generalmente, podría pensarse que la calidad del diseño y la disposición de los espacios públicos debería crecer a medida que se transita desde las frías localidades nórdicas hacia las soleadas comunidades mediterráneas, donde el clima templado ha favorecido los pactos sobre la esfera pública. Por otro lado, la voluntad política para invertir en proyectos y la calidad de las administraciones públicas que los promueven también parece más importante. De otra manera, no se explicarían las estadísticas del archivo en línea del Premio. En las ocho ediciones celebradas hasta ahora, los jurados han seleccionado un total de 451 intervenciones. Los rankings por ciudad, incluidas sus áreas metropolitanas adyacentes, son estos:

  1. España: 91 obras (30 en Barcelona, 10 en Madrid)
  2. Francia: 42 obras (8 en París, 7 en Marsella y 6 en Lyon)
  3. Alemania: 36 obras (10 en Berlín y 7 en el antiguo Este)
  4. Reino Unido: 20 obras (13 en Londres)
  5. Dinamarca: 12 obras (10 a Copenhague)
  6. Italia: 10 obras (un resultado relativamente pobre, al no haber obras en Milán ni en Roma)
  7. Austria / Bélgica / Países Bajos: 10 obras, cada uno (2 en Viena, 4 en Bruselas, 6 en Róterdam)
La falta de países del este de Europa se hace notar en los resultados. En las reuniones del Jurado estábamos molestos por esta cuestión, pero parece ser que el progreso del espacio público requiere más tiempo que el surgimiento de arquitecturas singulares, hecho que, sin duda, ya ha sucedido. A pesar de ello, se constata una ligera mejoría y algunos países son prueba de ello (6 en Croacia, 4 en Rumania, 3 en Eslovenia). Podría resultar interesante hacer una investigación más profunda en el trasfondo de la cuestión.

En el curso del cambio climático, no solo hay un interés creciente por el cultivo de vino en lugares inauditos (Irlanda, Reino Unido, Escandinavia) sino también un anhelo general por parte de los nórdicos de disponer de espacios públicos como los que tanto aprecian siendo turistas. Ojalá esto desemboque en intervenciones más interesantes procedentes de los países que todavía no están en la lista. Mientras, la capital europea del espacio público seguirá siendo, sin duda alguna, la misma: Barcelona —¡enhorabuena!—.

Peter Cachola Schmal
| Traducción de Teresa Navas