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Muros, barreras, fronteras

» 29/04/2016
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«Después de la caída del comunismo, primero estuvimos muy ocupados destruyendo monumentos odiados y, de manera espontánea, sentando las bases del comercio; no fue hasta más tarde que nos pusimos a debatir sobre la calidad, la accesibilidad, la innovación y la filosofía del espacio».
¿Recordáis estas imágenes? 31 de agosto de 1980. Lech Wałęsa, líder legendario de Solidarność, que acababa de firmar el acuerdo entre los comités de huelga de los trabajadores y el gobierno comunista polonés, es llevado en brazos por los trabajadores de las atarazanas de Gdańsk. 9 de noviembre de 1989. Miles de alemanes destruyen el Muro, que había dividido el Berlín oriental y occidental durante 28 años. 27 de noviembre de 1989. Una huelga general saca a las calles de Praga a millones de personas; el clímax de la de la Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia.

Las calles y las plazas no son solo el escenario de la vida cotidiana. En tiempo del comunismo, en la Europa Central y del Este, aportaban un trasfondo para las marchas obligatorias del Primero de Mayo, desfiles militares y ceremonias de estado, pero también para protestas y manifestaciones violentas. Fue en el espacio público, en la Plaza Wenceslao de Praga, que el estudiante Jan Palach se inmoló el 19 de enero de 1968, para protestar contra la invasión de Chevoslovaquia por parte de los ejércitos del pacto de Varsovia. Fue en el espacio público, en la Varsovia de 1981, que el fotógrafo Chris Niedenthal hizo una fotografía de un tanque y de soldados plantados delante de un cine, que tenía el significativo nombre de “Moscú”, en el que se proyectaba la película de Francis Ford Coppola Apocalypse Now —una fotografía que se convirtió en un símbolo de la ley marcial en Polonia—.

Mientras Bernard Tschumi gana el concurso del parc de la Villette en París y crea un área verde con una forma deconstructivista experimental, Polonia está siendo esposada por la ley marcial. Cuando Ieoh Ming Pei abre al público su pirámide del Louvre, la Europa Central y del Este está siendo testimonio de la caída del comunismo.

Vale la pena recordar este contexto cuando contemplamos los dieciséis años de historia del Premio Europeo del Espacio Público Urbano y nos preguntamos por qué hay tan pocos proyectos procedentes de las jóvenes democracias que hayan conseguido premios o menciones. Para simplificar, después de la caída del comunismo, primero estuvimos muy ocupados destruyendo monumentos odiados y, de manera espontánea, sentando las bases del comercio —por ejemplo, instalando en calles y plazas tiendas de campaña como paradas de un mercado improvisado—; no fue hasta más tarde que nos pusimos a debatir sobre la calidad, la accesibilidad, la innovación y la filosofía del espacio [1].

Tuvieron que pasar muchos años desde el Otoño de las Naciones para que finalmente se desvanecieran en Europa las notables diferencias en la manera de pensar los mecanismos para conformar el espacio público. En Polonia, se produjo un cambio significativo en 1995 con la promulgación de la Ley de Gobierno Local, que quitó el espacio público de la esfera del planeamiento general y dio a las autoridades locales el poder y los instrumentos para gestionarlo. Nuestra entrada a la Unión Europea, el 2004, abrió el camino a la concesión de fondos europeos; solo entre el 2004 y el 2007, los fondos procedentes del Programa Operacional Integrado para el Desarrollo Regional ayudó a financiar 350 proyectos de revitalización de ciudades históricas, de renovación de monumentos históricos y de mejora de las condiciones de funcionamiento de las instituciones culturales. En los Programas Operacionales para el período 2014 al 2020, la revitalización del espacio, incluido el desarrollo del espacio público para propósitos sociales, ocupa también una posición principal.

Así, pues, el conocimiento y el acceso a fondos destinados a crear en Europa espacios públicos abiertos, democráticos y amables están más equilibrados que nunca —hecho que, naturalmente, no ha supuesto la desaparición de todas las áreas pobres y deprimidas—. Promocionamos nuestro patrimonio a la vez que buscamos nuevas soluciones. La sostenibilidad, la conservación del entorno natural y la ecología se han convertido en consignas en el planeamiento urbano. Cada vez más a menudo, los habitantes de la ciudad no solo son consultados sino que también son participantes, una fuerza motriz del proceso urbanístico, y gracias a los fondos de participación, pueden decidir directamente sobre cómo destinar algunas partidas a tareas concretas. Los movimientos urbanos de base también han ganado fuerza.

Son pocas las veces que estos procesos se desarrollan sin dificultades. Que haya más participantes implicados en decisiones relativas a los espacios comunes hace que se amplíe el espectro de intereses contrapuestos; en cualquier caso, la búsqueda del consenso es la verdadera esencia de la democracia. La situación es todavía más complicada en el caso de las áreas multifuncionales, el de los lugares históricos y los que tienen un especial contenido simbólico. En Polonia, el ejemplo más significativo ha sido un conflicto, ardiente y de larga duración sobre la idea de erigir un monumento conmemorativo del presidente de Polonia, la primera dama y noventa y cuatro personas más asesinadas el 2010 en un accidente aéreo cerca de Smolensk, en Rusia. El conflicto, centrado sobre la cuestión de emplazar el monumento delante del Palacio Presidencial situado en la Ruta Real [2], en la zona patrimonial de Varsovia, es decir, en un lugar muy particular del espacio público, revela profundas divisiones políticas y no deja ninguna duda de la importancia que concedemos a los símbolos.

«Un espacio público es una zona de acceso libre universal, es decir, abierta y sin vallas o muros excluyentes (…) Al ser abiertos a todos, los espacios públicos pueden distribuir recursos, poder e imaginarios y, haciendo esto, hacen la ciudad más democrática», escribe Judit Carrera en el libro Europe City: Lessons from the European Prize for Urban Public Space, publicado el año pasado. Y añade: «Si la ciudad ha sido siempre un lugar potencial para la coexistencia pacífica entre extraños, los espacios públicos de hoy se enfrentan al reto de acoger, salvaguardar y fortalecer el creciente pluralismo de las sociedades europeas».

El ejemplo más original de espacio creado siguiendo este pensamiento es «Superkilen», un proyecto fruto de la cooperación entre las autoridades de Copenhague y la asociación Realdania. Este espacio público innovador —diseñado por BIG, Topotek1 y Superflex—, amueblado con objetos procedentes de diversas docenas de países, fue creado gracias a un esfuerzo de colaboración de una comunidad étnicamente diversa.

¿La Europa de hoy es todavía capaz de afrontar este tipo de retos? Ahora mismo, mientras escribo estas palabras, un grupo de inmigrantes que empuñan carteles que preguntan « ¿Dónde está vuestra democracia? ¿Dónde está nuestra libertad?», protesta contra el derribo de un campo ilegal en Calais, en la entrada del túnel que conecta Francia y el Reino Unido. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados advierte que Europa se encuentra en el umbral de una crisis humanitaria, y la Comisión Europea ha endurecido su postura contra los emigrantes que no están en peligro directo de guerra o persecución en sus países. Más de millón y medio de inmigrantes han llegado a Europa durante los últimos dieciocho meses, y si bien no parece mucha gente en comparación a los 500 millones de europeos, el problema continúa creciendo. Los países de la EU parecen incapaces de encontrar un camino común que les ayude a hacer frente al problema de la inmigración. «Unidos en la diversidad», el lema de la Unión Europea introducido en el 2000, el año que fue establecido el Premio Europeo del Espacio Público Urbano, no parece haber peligrado nunca tanto como hasta hoy.

La aceptación de la diversidad, la apertura a otras culturas y costumbres, la tolerancia hacia distintas formas de pensar que se han desarrollado a los largo de los años han cedido el paso a todo tipo de temores, y no solo a los ataques terroristas, que hay que recordar que éstos no son nada nuevo en la historia de Europa. Un sentimiento de seguridad es, sin duda, uno de los elementos esenciales necesarios para el funcionamiento de los espacios públicos como lugares de encuentro, de vínculo, de intercambio de ideas libremente expresadas. Hacía tiempo que la situación política en Europa no era tan complicada. ¿Cómo influenciará en la forma de los espacios públicos?

Ewa P. Porębska


[1]: Naturalmente, esto no quiere decir que la Vida entre Edificios de Jan Gehl sea desconocida en esta parte de Europa (aunque no fuera traducido), o que los parques, las calles y las plazas no existieran antes. Solo significa un punto de partida diferente y otras prioridades en el período de transformación de la economía planificada hacia la economía de mercado.

[2]: La Ruta Real de Varsovia es una antigua vía de comunicación que va en dirección sur desde la ciudad histórica. Hoy comprende un conjunto de calles de Varsovia con numerosos hitos históricos. La vía, juntamente con otras partes del casco antiguo de Varsovia, es uno de los monumentos históricos oficiales de Polonia (pomnik historii) declarados el 16 de septiembre de 1994. Su catalogación lo gestiona la Junta del Patrimonio Nacional de Polonia.