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Imagen previa a la intervención. El baluarte del Príncep fue dañado irreversiblemente por el gobierno de Franco entre los años cincuenta y setenta, cuando construyó tres edificios residenciales para alojar en ellos a familias de militares. © MAZMEN Fotografía CB

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El impulso que la expansión de la pólvora dio a la artillería durante el siglo XVI hizo que las murallas medievales de toda Europa quedaran obsoletas. En el caso de la capital mallorquina, esta caducidad se manifestó en un periodo de mucha inestabilidad en el Mediterráneo. Palma se vio obligada a complementar sus fortificaciones con trece baluartes en punta que las hacían menos vulnerables a los proyectiles y mejoraban la visibilidad sobre el atacante. En el siglo XIX, sin embargo, el perfeccionamiento de la balística hizo que las murallas perdieran definitivamente su utilidad defensiva y la ciudad las derribó para poder expandirse libremente. Tan solo se salvaron, porque no obstaculizaban el crecimiento urbano, la muralla de mar y los dos baluartes que la flanquean, el de Sant Pere, a poniente, y el del Príncep, a levante. Sobre este tramo fortificado de un kilómetro de longitud, reposa aún la fachada marítima de Palma, presidida por su catedral gótica, el palacio de la Almudaina y la sede episcopal. Hasta bien entrado el siglo XX, el conjunto monumental ofrecía a los navegantes una imagen muy representativa de la ciudad, sobre todo cuando se reflejaba en las aguas que bañaban el pie de la muralla.

Las autoridades, sin embargo, tardarían en reconocer el valor patrimonial de este frente sin función militar y tendría que ser la presión popular la que lo salvara de las garras de los intereses privados. Durante la década de los sesenta, el ejército franquista malvendió el baluarte de Sant Pere, que sería parcialmente destruido para dar cabida a una promoción inmobiliaria. Afortunadamente, las movilizaciones ciudadanas de las postrimerías de la dictadura pararían la operación y lograrían que el baluarte fuera expropiado y catalogado, haciendo posible que hoy acoja la sede del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo. De forma similar, al pie de la muralla, el terreno ganado al mar para construir el ferrocarril y la autopista del aeropuerto se salvaría de acoger también un gran aparcamiento gracias a las protestas vecinales de finales de los años setenta, que lograron que se abriera el parque del Mar. Ahora, este espacio público de nueve hectáreas acoge un gran lago de agua salada que vuelve a reflejar la fachada marítima de Palma. Menos suerte corrió el baluarte del Príncep, dañado irreversiblemente por el gobierno de Franco entre los años cincuenta y setenta, cuando construyó tres edificios residenciales para alojar a familias de militares. El resto de la muralla de mar llegó al final de la dictadura en un estado de abandono y de incertidumbre. Más que un elemento accesible que hiciera pedagogía de su relevancia histórica, era una barrera que se interponía entre el casco histórico y el Mediterráneo.

objeto de la intervención

En 1973, el Ministerio del Ejército transfirió la titularidad de la muralla de mar al Ayuntamiento de Palma, que la catalogó como bien de interés histórico. No obstante, habría que esperar hasta el restablecimiento de la democracia para que la ciudad se propusiera seriamente recuperarla. A partir de 1983, el consistorio trazó un plan para restaurar la fachada marítima y convertir las fortificaciones en un paseo público abierto a la ciudadanía que tanto las había defendido. La operación, que se desarrollaría en fases sucesivas a lo largo de más de tres décadas, conectó a través de rampas y escaleras el nivel superior de la catedral con el del parque del Mar. También coronó la muralla con un recorrido peatonal de un kilómetro de longitud, entre el baluarte de Sant Pere y el del Príncep.

En el año 2000, los tres bloques de viviendas que el ejército había construido sobre este último bastión fueron expropiados y se indemnizaron a dos centenares de afectados que residían en ellos. Siete años después, el derribo de los edificios restituyó la continuidad de la antigua fachada marítima y permitió que el baluarte del Príncep ganara más de ocho mil metros cuadrados. El espacio quedó a disposición de la ciudad y, en 2009, el Ayuntamiento y el Ministerio de Fomento destinaron tres millones de euros a renovarlo. Esta intervención, la última que faltaba para completar la restauración de la muralla de mar, permitiría culminar el paseo marítimo con un balcón que ofrecería vistas privilegiadas sobre el Mediterráneo.

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Si bien los lienzos de muralla que delimitan el bastión se habían conservado satisfactoriamente, la explanada que lo coronaba perdió su configuración original con la construcción de los tres edificios derribados. En lugar de restituirla falsamente, la actuación llevada a cabo optó por distribuir el espacio en tres grandes plataformas escalonadas que se adaptan no solo a la forma de la muralla, sino también a la huella del derribo. La plataforma inferior se encuentra al nivel de las calles del casco antiguo; la intermedia recibe el paseo peatonal que recorre toda la muralla; la superior es la que se asoma sobre la bahía de Palma.

Tanto las plataformas como las rampas y escaleras que las unen están reseguidas por muros espesos que dibujan planos inclinados y que adoptan el aspecto masivo de la muralla. Como ella y como la catedral o el palacio de la Almudaina, están hechos de bloques de piedra arenisca, un material que envejecerá rápidamente y hará que la nueva intervención se integre bien con el resto del frente marítimo. Este material, muy abundante en Baleares, se trabaja bien, aunque se desintegra fácilmente. Por este motivo, las esquinas de los muros se han resuelto con otra piedra arenisca, más dura pero de color similar.

Los suelos de las plataformas y las rampas se han recubierto con el mismo pavimento que el resto del paseo marítimo. Se trata de piezas prefabricadas de hormigón, austeras y resistentes, que tienen forma de L y se aparean de dos maneras diferentes. En las superficies planas, dejan juntas abiertas por donde brota la hierba; en las inclinadas, en cambio, se compactan a junta cerrada para evitar que el agua de la lluvia se lleve la tierra. Como en el resto del paseo marítimo, en las partes bajas de los muros se han empotrado lámparas de bronce que bañan los perímetros de las zonas transitables. En los puntos de encuentro, donde está previsto que haya más actividad, esta iluminación básica se refuerza con farolas en forma de Y.

valoración

Así como el baluarte de Sant Pere acoge el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Palma, está previsto que el baluarte del Príncep dé cabida algún día a un centro de interpretación de la muralla. Mientras tanto, el bastión recuperado ya ofrece de por sí un bello ejemplo de continuidad en una época en la que el rupturismo o la originalidad se presentan como los principales valores de muchas transformaciones urbanas. La intervención culmina un proceso largo y complejo a través del cual Palma ha conquistado toda la muralla de mar como espacio público. Mientras tantos alcaldes parecen obsesionados por iniciar y completar su propia obra, aquí ha habido un acuerdo persistente que se ha respetado a lo largo de ocho legislaturas de colores políticos diferentes.

Así se ha prolongado la vida de un elemento patrimonial que estaba seriamente amenazado y que, tras haber perdido su función militar, ha adquirido un uso civil de primer orden. La idea de continuidad queda expresada también en el sentido longitudinal del nuevo paseo marítimo, así como en el uso coherente de los mismos pavimentos y lámparas en las sucesivas fases de su ejecución. Pero, quizás la continuidad más valiosa que hay detrás de esta intervención es la conexión que se ha establecido en el sentido transversal de la muralla, antes barrera inexpugnable y hoy intermediaria de la relación entre el casco antiguo de Palma y el mar Mediterráneo.

David Bravo Bordas, arquitecto.

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  • Francisco Docolomansky Gana
    Enviado Jueves, 7 de Junio, 2018
    Desde siempre me han conmovido las masas delos muros propuestos. Acertada reinterpretación del vestigio recuperado. Enhorabuena a ambosy sus colaboradores.
Tanto las plataformas como las rampas y escaleras que las unen están reseguidas por muros espesos. © Gabriel Ramon

ficha técnica

CIUDAD: Palma (378.884 habitantes)

PAÍS: España

INICIO DEL PROYECTO: 2009

INICIO DE LAS OBRAS: 2011

FINAL DE LAS OBRAS: 2013

SUPERFICIE TOTAL: 45.961 m2

COSTE TOTAL: 3.012.180 €

créditos

PROMOTOR:

Ajuntament de Palma, Ministerio de Fomento

AUTORES:

Martínez Lapeña-Torres Arquitectos

COLABORADORES:

Pau Badia, Alexandre Borràs, Pepe Bru, Borja-José Gutiérrez, Sol Jaumandreu, Yuki Kotake, Francesc Martínez, Roger Panadès, Luis Valiente

Paneles presentados