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19 febrero 2016

El CCCB y el espacio público

«Durante los primeros años del Premio Europeo del Espacio Público Urbano, buscábamos desesperadamente ejemplos representativos e innovadores de espacio público y, ahora, en los últimos años, nos hemos topado con un movimiento urbano que se ha extendido por toda Europa»

Hace veinte años el Architekturzentrum Wien (Az W) organizó una gran conferencia sobre la historia del espacio público. La mayoría de los ponentes pensaban que, en el proceso de desarrollo de los medios digitales, el espacio público perdería materialidad y se desvanecería hacia los medios digitales. Cuando uno de estos ponentes dirigió una concisa pregunta a la extensa audiencia, preguntando a los presentes quién tenía ya una cuenta de correo electrónico, sólo se levantaron tres manos. Es evidente que, en aquel momento, no estábamos donde estamos hoy. De la misma manera, muchos teóricos y expertos en medios estaban convencidos entonces de que el mundo digital absorbería y substituiría al espacio público tangible.

Veinte años más tarde, la revolución digital es una realidad. Hoy hablamos de dominio de las «redes sociales». Hoy, probablemente, en Europa solo hay una exigua minoría de personas que no utiliza el correo electrónico. Pero, a la vez, estamos experimentando una nueva y radical concepción del espacio público físico, analógico. Durante los primeros años del Premio Europeo del Espacio Público Urbano, buscábamos desesperadamente ejemplos representativos e innovadores de espacio público y, ahora, en los últimos años, nos hemos topado con un movimiento urbano que se ha extendido por toda Europa. Sí, hoy tenemos espacio social en Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp y cualquiera de los nuevos modelos de negocio digital que nos entusiasmarán en el futuro. Pero, al mismo tiempo, nos damos cuenta de que el encuentro físico y fortuito —es decir, urbano— en el espacio urbano real no puede ser substituido.

El espacio público ha tenido siempre una función clave como espacio social en los países del sur de Europa, mientras que, en los países del norte de Europa, ha tenido más bien una función representativa. Quizá esta función social, así como la relevante perspectiva del diseño, que afecta a toda Europa, son producto del cambio climático. Incluso en el espacio público de Moscú, pueden verse jóvenes con el lema amistosamente provocativo «abrázame» en el torso.
El creciente atractivo del espacio público también tiene relación con una reevaluación de la movilidad urbana. Por todas partes, las autoridades municipales luchan por la reducción de la presencia del vehículo privado en sus pueblos y ciudades y a favor de los espacios para ciclistas y peatones, promoviendo el transporte público —estimulado por la voluntad pública—. Su funcionalidad debe volver a ser analizada y resuelta con nuevas ideas y conceptos para el tráfico, pero también con soluciones arquitectónicas y artísticas.

Planteando estas preguntas, el Premio se ha posicionadp como un instrumento para el estudio del desarrollo urbano europeo. No obstante, todavía queda una cuestión abierta: ¿qué es un espacio público urbano? ¿Es algo que solo atañe a villas y ciudades? ¿Grandes ciudades, villas pequeñas, pueblos, espacios públicos en medio del campo para una sociedad urbana? Creo que deberíamos entender el campo europeo como el espacio propio de una sociedad urbana y, a partir de ahora, no considerar solo los proyectos realizados en los centros de ciudades y villas. En Europa, se debería dejar de hacer distinciones entre ciudad y campo. La totalidad del paisaje urbano europeo debería entenderse como un espacio que puede ser diseñado. Mientras en Europa no reconozcamos las mutuas interdependencias entre ciudad y campo y las afrontemos, no conseguiremos un verdadero «espacio público (urbano) europeo».

Cuando el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) puso en marcha el Premio Europeo del Espacio Público Urbano, hace más de quince años, no cabe duda de que lo hacía en un contexto adecuado. Por un lado, estaba la ciudad de Barcelona, que había atraído la atención internacional, en los años ochenta, sobre sus nuevos espacios públicos urbanos. Era evidente que eran vistos como la acción política del nuevo ayuntamiento posfranquista. El espacio urbano había sido devuelto a la gente de Barcelona como lugar público de encuentro y de libertad democrática. Por otro lado, ya entonces, el CCCB, con su investigación diversificada y la labor de mediación sobre culturas urbanas y cotidianas, había adquirido una excepcional experiencia.

De modo que las cosas empezaron en el lugar apropiado y con la institución adecuada. Gracias a esta última, los socios europeos han estado activamente involucrados desde el comienzo. El Architekturzentrum Wien y yo mismo estamos muy agradecidos por esta participación, pues ha permitido que el conocimiento acumulado por el Jurado haya aportado una buena base para profundizar en los debates entre países, ciudades y villas. A los largo de los años, el Premio ha sido organizado, con profesionalidad y eficiencia crecientes, por Judit Carrera y Masha Zrncic. Hemos aprendido unos de los otros y, mirando atrás, podemos ver los aciertos del pasado, motivo por el cual no hay duda de que los próximos quince años del Premio Europeo del Espacio Público Urbano serán cruciales para el desarrollo de la ciudad europea.

 

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