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El espacio público y el patrimonio, o la longevidad de las ciudades europeas

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«Recuperar los valores más genuinos de la ciudad supone no poder prescindir del legado insustituible que distinguimos con el calificativo de patrimonio histórico, como uno de los vectores consustanciales de la cultura europea».
En la ciudad europea, entre el conjunto de decisiones que se toman para reconquistar el espacio público, se halla el de la revalorización del patrimonio histórico. Hasta el punto de que no es extraño que, a menudo, las intervenciones urbanísticas a favor de la mejora de los lugares que los ciudadanos comparten incorporen una perspectiva histórica que los enriquece inevitablemente. No podría ser de otro modo: la ciudad europea se caracteriza por su espacio público, pero, a la vez, por su evolución en el tiempo, que ha configurado el paisaje y le ha transferido elementos, forma, funciones y significados. Recuperar los valores más genuinos de la ciudad supone no poder prescindir del legado insustituible que distinguimos con el calificativo de patrimonio histórico, como uno de los vectores consustanciales de la cultura europea.

La longevidad es, pues, un valor distintivo de las ciudades europeas. En el Archivo del Premio Europeo del Espacio Público se encuentran un buen número de casos que son ejemplares de la interacción de patrimonio y espacio público. Pero no siempre esta relación se interpreta en sentido positivo e impera una visión que contrapone los intereses de la ciudad actual a la protección y conservación de los elementos heredados del pasado. Se genera, así, un conflicto que, si se analiza, a menudo y más últimamente, está vinculado a los efectos derivados de un rendimiento económico intensivo de ciertos usos urbanos más que a la mera presencia física de los vestigios patrimoniales. Las posturas se han llegado a radicalizar de tal forma que puede parecer que el patrimonio arquitectónico y arqueológico de una ciudad sea el responsable de los cascos históricos colapsados, de su creciente parquetematización y de todos los efectos contraproducentes que supone la gentrificación de los núcleos urbanos estimulada por el negocio turístico. Y, asimismo, el responsable del hecho de invadir en exceso algunos espacios de la ciudad en detrimento de los usos cotidianos y de tener una incidencia demasiado decisiva o, incluso, súbita, en los proyectos previstos de actuación urbanística.

En realidad, esto enlaza con un debate de mayor calado, en relación con los criterios que hay que observar para poder abordar cuestiones como qué consideramos patrimonio, qué reconocimiento monumental se le otorga y cómo hay que tratar la emergencia de nuevos patrimonios urbanos, así como su necesaria apropiación ciudadana. Un debate que, si se consigue integrar de forma plena dentro de la perspectiva de regeneración de la ciudad a través de su espacio público, puede dejar atrás antiguos prejuicios —compartidos igualmente tanto por los tachados como conservacionistas como por los que abogan por la modernización urbana sin trabas— para avanzar hacia una visión más comprensible del fenómeno urbano.

A partir de esta mirada renovada, el patrimonio puede convertirse en una cuestión central en las intervenciones de mejora urbana propuestas. En otras palabras, se puede proyectar con el patrimonio, del mismo modo que se ha hecho imprescindible proyectar con la naturaleza. La introducción de la dimensión temporal debe permitir repensar transversalmente el trabajo de recuperar los espacios, bien mediante sus valores medioambientales, de cambios en la movilidad, o bien, especialmente, al otorgar valores de representación simbólica a los lugares destinados al encuentro y a la socialización, un aspecto que siempre ha sido primordial en la acción urbanizadora de todos los tiempos. Es decir, el metabolismo urbano debe ser compatible con la apreciación de la ciudad como un artefacto producto de su evolución histórica, con cabida dentro el rango de las decisiones de política urbana que se han propuesto transformar realidades e inercias heredadas.

Por lo menos, así lo demuestran algunos de los proyectos más destacables del Archivo como es, por ejemplo, la intervención de Bow Riverside en Londres, en la que la recuperación de los antiguos canales del East End, como elemento nuclear de la identidad territorial del lugar, apuesta por el reto de construir una red para peatones y ciclistas en continuidad en una zona marcada por un nudo viario de vías rápidas. Y, en otro registro, en la Plaza Petar Zoranić de Zadar (Croacia), los hallazgos arqueológicos romanos y medievales sirven de impulso para recuperar la centralidad del espacio público, no solo haciendo compatible la contemplación de los restos, sino aplicándoles técnicas clásicas de la restauración —la anastilosis, basada en la reconstrucción de los elementos antiguos— para encontrar una imbricación absoluta del patrimonio con los elementos conformadores del espacio público.

Un aspecto esencial de este tándem es la intervención en los cascos históricos. Plantear como punto de partida una buena simbiosis entre espacio público y patrimonio ha permitido reconsiderar los procesos tradicionales aplicados a los núcleos originales que habían dado preferencia a la visualización de los monumentos con la práctica del esponjamiento de los tejidos antiguos, y cómo estos espacios libres y abiertos se habían convertido en aparcamientos en superficie. Muchos centros de ciudades europeas son hoy el resultado de la superposición de esta serie de actuaciones que han configurado una imagen muy estándar de los cascos históricos. Proyectos como el porche de mercado «Stadshal» de Gante (Bélgica) y el Neubau der Domtreppe, en la ciudad alemana de Colonia, han intentado subsanar estas prácticas urbanísticas mediante el retorno a la densidad edificada y la recreación de la topografía original. Pero siempre huyendo de recreaciones de carácter historicista y con estrategias dirigidas a la mejora de los usos de los espacios por parte de la ciudadanía.

Pero, probablemente, donde la convergencia entre espacio público y patrimonio se ha hecho más intensa es en la recuperación de los patrimonios olvidados, casi invisibles. Frente a edificios y conjuntos bien reconocidos por pertenecer a las etapas históricas anteriores a la industrialización, hay una serie de estructuras que han tenido que ver con el mundo de la producción y el trabajo, de la ingeniería y de la técnica, de las infraestructuras, etc., que no han alcanzado todavía ningún tipo de categoría de protección patrimonial, pero que, en cambio, pueden haber preservado una memoria histórica muy viva. Aquí es donde, seguramente, la reconquista del espacio público ha desempeñado un papel más crucial en la salvaguarda de estos patrimonios, sobre todo, de la arquitectura industrial, de los corredores ferroviarios desafectados, ahora reconvertidos en vías ciclistas y peatonales, de los antiguos espacios portuarios, etc. Son los casos de la Explanada cultural «C-mine»de Genk (Bélgica), el corredor «Baana» de Helsinki y la Apertura del puerto de hidroaviones de Tallin (Estonia), que ha servido para abrir, simultáneamente, un antiguo hangar de hidroaviones como sede museística y la ciudad al mar. En paralelo, antiguas construcciones utilitarias, como los aljibes medievales de la Plaza del Torico en Teruel, son recuperadas como patrimonio visitable en el momento en que la plaza recobra su valor de centralidad urbana al eliminar los coches y dignificar el lugar a través del diseño cuidadoso de elementos tan importantes de la gramática del espacio público como son la pavimentación y la iluminación.

De este trabajo conjunto entre patrimonio histórico y espacio público urbano se deriva una lección muy contemporánea: a la condición primordial de preservar las estructuras físicas se impone la restitución de las funcionalidades originales. Pero no se trata de un retorno literal a las funciones antiguas, sino de incorporarlas como un factor clave de legibilidad de la estructura. No hay duda de que ello confiere mayor profundidad a su valoración patrimonial; tener en cuenta las funciones y los usos de las cosas amplía y hace aceptables los patrimonios menos reconocidos, al tiempo que colabora notablemente a que la ciudadanía se los haga suyos.

Cuando estos patrimonios recientes se añaden a los patrimonios de reconocimiento indiscutible, se produce un efecto de alta densidad patrimonial, donde el peso de la historia se hace decisivo para la conformación de escenarios urbanos de gran significación; lo ilustra bien el nuevo Museo Marítimo Danés en Helsingør, junto al castillo de Kronborg, de época renacentista y lugar en el que Shakespeare situó el hogar el príncipe Hamlet. En el otro extremo, el Acondicionamiento de la cumbre del Turó de la Rovira de Barcelona demuestra que la valoración del pasado reciente es el resultado de una lectura que no desprecia ninguno de los diversos procesos urbanos que han conformado la ciudad contemporánea; hoy es, sin duda, un ejemplo primordial de emergencia de nuevos patrimonios urbanos.

Observar una alta densidad patrimonial debería ser un criterio a tener en cuenta cuando se actúa sobre la ciudad. En cualquier caso, es asimilable a la afirmación expresada por la urbanista Diane E. Davis cuando dice que su espacio público preferido es el Zócalo de Ciudad de México, debido a que su larga trayectoria como lugar representativo de luchas y memoria urbana lo convierte en un archivo vivo y activo de la historia de la ciudad. El patrimonio, pues, como elemento esencial de la complejidad urbana, la del pasado y la del presente, y clave para la apropiación de la gente de los espacios públicos que habitan. En las ciudades, estar a favor del espacio público es, asimismo, estar a favor de una integración inteligente y respetuosa de su patrimonio histórico.

Teresa Navas | Traducción de Maria Llopis