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Apolíneos y dionisíacos ante la arquitectura de masas: Cinco tesis en veinticinco párrafos
Luis Fernández-Galiano, 1995
 Conferencia leída en el simposio «Debate de Barcelona. Presente y futuros. Arquitectura en las ciudades», Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, 2-4 de junio de 1995

 

Un prólogo o resumen

Ante los grandes desafíos cuantitativos finiseculares, los arquitectos dudan entre la razón apolínea que les mueve a ofrecer respuestas y la pasión dionisíaca que les lleva a formular preguntas. Ofrecer respuestas es socialmente correcto: si no eres parte de la solución eres parte del problema; formular preguntas es individualmente correcto: la independencia de juicio exige la puesta en cuestión de la racionalidad de lo real. Divididos entre su condición profesional y su condición intelectual, entre la técnica disciplinar y el arte indisciplinado, entre el seny y la rauxa, los arquitectos corren el riesgo de escindirse entre autistas e histéricos.

 

Esta cesura global de los autores se corresponde con una fractura interna de las obras. Hendidas por la mitad entre su componente tectónico y su componente simbólico, las obras de arquitectura contemporáneas exhiben sin pudor las cicatrices entre construcción e imagen, entre la forma exigente de la producción y las formas libérrimas del consumo. La abstracción normativa y la figuración singular coexisten sin fertilizarse, en una pugna esquizofrénica entre lo genérico universal y lo específico local, entre el ámbito de la necesidad y el de la libertad.

 

Los referentes milenarios de la casa y la familia se disuelven en la megápolis, erosionados por el doble influjo del cambio técnico y el social. Tecnópolis o telépolis, la ciudad contemporánea se propone proporcionar confort, movilidad e intimidad a una miríada atomizada de individuos; pero tanto las morfologías habitacionales convencionales como las formas de sociabilidad y agrupación se mantienen tercamente resistentes. El hábitat es hábito, costumbre, testaruda inercia del vivir. Bajo la diversidad de los idiomas o los climas sobrevive un núcleo tenaz de intimidad y permanencia, ajeno al ajetreo y la mudanza.

 

Esa almendra áspera y pertinaz es la que hace a la vivienda una "casa de la vida", fruto jugoso del placer o el sufrimiento, marco del lienzo pintado y tembloroso de la comedia humana, efímera y sagrada, profana y eterna. Estructura y piel, soporte y mensaje, espacio y suceso se contraponen aquí ―necesarios y enfrentados― como el marco y el lienzo en la pintura. Escenario al cabo de la excepcionalidad de lo cotidiano, la casa muestra y se contempla con las máscaras del teatro. Risueña o llorosa como las antiguas parejas de filósofos, socarrona o impávida como el Menipo y Esopo velazqueños, en la casa se cruzan los dos talantes del conocimiento.

 

Acaso la sabiduría de esta hora resida en resistir las fracturas del siglo, procurando suturar las heridas en lugar de celebrar la fragmentación. Las grietas de la arquitectura son también hendiduras en el cuerpo individual y colectivo de los arquitectos. Hoy son más numerosos los arquitectos vivos que los muertos: el crecimiento exponencial de la población ha hecho que la mayor parte de los arquitectos que han existido sean contemporáneos nuestros. No es seguro, sin embargo, que la arquitectura actual sea más abundante que la pretérita; y desde luego está lejos de ser igual de sana.

 

Histéricos y autistas: los arquitectos frente a los dilemas del siglo

El arquitecto es un animal bifronte. Intelectual y técnico a la vez, su actitud ante el mundo no puede evitar ser, simultáneamente, crítica y propositiva. En tanto que intérprete, sopesa, valora y juzga; en tanto que profesional, proyecta, manipula y altera. Sería consolador pensar que estas dos facetas de su actividad se ejercen en sucesión como estadios diferentes de idéntico proceso de conocimiento y transformación de la realidad. Más frecuentemente, esas dos actitudes se segregan en polos antitéticos y excluyentes de observación e intervención.

 

La observación es gratuita y caprichosa, interminable e inquieta; refleja la voluble mutabilidad del torrente de las cosas, y linda con los dominios inciertos de la expresión artística. La intervención es sistemática y tenaz, finita y dirigida; manifiesta la claridad geométrica de la lógica, y se aproxima al terreno instrumental de la ordenación política. Artificio o artefacto, arte de lo inesperado o arte de lo necesario, la escisión de la conciencia conlleva una escisión de los objetos.

 

Fragmentos, grietas, fracturas, dislocaciones, fluidos, vapores: tal es la cosecha formal y fractal del ojo histérico que aspira a reflejar el desesperado orden del mundo. Sólidos herméticos, abstracción minimalista e inmateriales transparencias: ésos son los materiales con los que se representa el proyecto de desaparición del autismo disciplinado y disciplinar. Pero Apolo y Dioniso respiran con la misma membrana delgada, se nutren por idéntico laberinto intestinal, caminan sobre parejas piernas robustas; sólo la cabeza incierta mira en dos direcciones.

 

Las grietas de la obra: entre la razón global y la imagen local

Hendida por gala en dos, la obra de arquitectura no acierta a reunir su lógica tectónica con su voluntad simbólica. La razón constructiva exige su peaje normativo, mientras la capacidad expresiva reclama la libertad compositiva. El orden de la producción pauta las fábricas y los cuerpos, regulariza el espacio y ritma el tiempo; el desorden del consumo excita las variaciones, promueve la diversidad y convoca los deseos. Entre la esencia de la construcción y el accidente de la imagen se abre un golfo infranqueable.

 

Esa vieja pugna se ha revestido de muchos ropajes. La razón exigía una encarnadura abstracta, mientras la emoción sólo se suscitaba por la connotación figurativa; lo genérico se ocupaba de aquello que desborda las costumbres, paisajes y climas, mientras lo específico se nutría de la condición irrepetible del lugar; y lo universal se ungía del sacramento violento de lo necesario, mientras la condición local ostentaba el privilegio o la mácula del azar imprevisible y vagaroso.

 

Más allá de las grietas, la obra espera o convoca un futuro compacto, que restañe heridas y reduzca fracturas. Sin renunciar a la tensión vivificante de los polos opuestos, musculosa y alerta como un coloso que abre las piernas sobre la rada, la obra de arquitectura puede aspirar a mediar vigorosamente entre razón e imagen evitando el descoyuntamiento material y dialógico. Ese compás tenso de miembros extendidos representa igualmente al autor dividido y a la ciudad en tránsito.

 

Hábitos o mudanzas: la transformación de la ciudad contemporánea

Bajo los pies y sobre la cabeza de la ciudad, el mundo se mueve. Las mutaciones del transporte y la revolución de las telecomunicaciones han devastado las trazas de la ciudad tradicional, pero no han delineado aún una ciudad distinta. La convención urbana se desdibuja sin que se perfile una urbanidad renovada, mientras las comunidades difusas de las redes de conexión ensayan sociabilidades efímeras fuera del espacio físico y lejos del contacto material.

 

Las migraciones económicas y políticas desarraigan multitudes, y la fractura de los vínculos familiares atomiza las poblaciones, alumbrando sociedades craqueladas: desprendidas de su lienzo geográfico, y quebrantadas por una infinidad de grietas diminutas. El paisaje íntimo de esa humanidad triturada se corresponde con un paisaje físico descoyuntado y heterogéneo, que expresa su condición insolidaria a través de su naturaleza discontinua.

 

Sin embargo, la obstinación del hábito habitante reconstruye permanentemente placebos de urbanidad y efímeros remedos de sociabilidad habitual. En forma de nostalgia o de conciencia de vacío, la insatisfacción con la biografía insular a la que nos arroja la fragmentación del mundo crece como un dolor lento y pertinaz. La biología coral reclama su peaje, y sobre el territorio agrietado se extienden los hilos resistentes y leves del tejido social.

 

Residencia en la tierra: sobre la casa como escenario de la vida

En la ciudad arde el agua, y el padre ausente calcina la familia. Los quebrantos urbanos y demográficos fracturan también la casa, célula y celda de la reunión de parientes. De la vivienda unipersonal a la variada panoplia de alojamientos colectivos que constituyen o fingen la habitación familiar, la histología residencial manifiesta metástasis y necrosis. El tejido saludable se altera o perece con la interrupción del riego generacional; la casa sobrevive deshuesada o en réplicas esteroides y publicitarias.

 

Pero la casa es marco y escenario de nuestro trayecto en el mundo, lugar de celebración del cuerpo luminoso y lugar también de aceptación del cuerpo doliente, cáscara de protección de la vida soñada y los sueños vividos. Estructura de la piel cotidiana, soporte de los mensajes domésticos y espacio de los sucesos del hábito, en la casa cohabitan lo imprevisto y la costumbre, la intimidad y el reflejo, la peripecia y la sombra. Cuando se rompe, la vida se astilla como un vidrio azogado.

 

Humilde o ampuloso, este guiñol de títeres nos aloja y ampara; en este corral de comedias nos representamos con fortuna o sin talento; de este teatro somos a la vez intérpretes y público, y en él padecemos gloria o fracaso: no merece morir. El marco de la casa construye e inventa la intimidad; si se retiran los muros, la vida secreta se derrama fuera de los bordes del lienzo, y al enredarse lo público y lo privado se emborronan los límites que otorgan sentido a las palabras y a las cosas.

 

Construcción curativa: por una arquitectura que consuele y alivie

El arte agudiza la percepción y representa el mundo. Acaso por ello, muchos otorgan a la arquitectura la misión artística de escarbar en las grietas y hurgar en las heridas, representando la fragmentación de la sociedad y el territorio a través de formas fracturadas. Pero quizá la arquitectura sea un arte medicinal, y como tal encaminada a procurar sanar antes que a describir la dolencia; o un arte útil, y por tanto más dedicada a remendar el mundo que a evocarlo.

 

Si esta actividad estuviese vinculada por un juramento hipocrático, a buen seguro figurarían en él la salud de la ciudad, el bienestar de los ocupantes o la consistencia técnica y económica de las fábricas. Pero con demasiada frecuencia los edificios atentan contra el entorno urbano o paisajístico, contra la comodidad y conveniencia de los usuarios o contra la lógica y economía constructivas. No es disparatado concluir que la arquitectura se compadecería mejor con su dimensión de servicio si sustituyera a los chamanes por médicos.

 

Esa construcción curativa está exenta de perfiles heroicos; amortigua la conciencia al paliar el sufrimiento; prefiere la eficacia a la excelencia; y evita con cautela la aventura y el riesgo. Una arquitectura así difícilmente explorará los abismos del arte; pero lo que pierda en emoción lo ganará en responsabilidad. Pocos buscan inspiración en el cirujano; y sin embargo todos esperan conocimiento y competencia. Quizás al arquitecto le convenga también ser juzgado antes por su destreza que por su genio; ni el tejido de la ciudad ni el flujo de la vida se resentirán por ello.

 

Epílogo axiológico

Hemos habitado durante demasiado tiempo en el confort narcótico de la arquitectura heurística; va siendo buena hora de instalarnos sobre el suelo exigente de la arquitectura axiológica. El tránsito de la memoria a los valores es también un viaje de la historia a la ética. En el trayecto arduo que lleva de aquello que pensamos haber sido hasta aquello que creemos deber ser es tan fácil el extravío como la fatiga. Como el Asklepios de Espinosa, habremos de guiarnos por el rigor de la razón y la pasión de la verdad.

 

Este camino de perfección exuda un perfume empalagoso de piedad beata. Cualquiera que sea consciente de los riesgos del rigorismo fundamentalista y malhumorado, especiará su conducta y sus juicios con melancolía y tolerancia. Pero nada más riguroso en su exigencia de acatamiento universal que el relativismo irónico del posestructuralismo borroso, simulado, débil y caótico. Manifestar convicciones y adherirse a valores resulta en estos tiempos intolerablemente adusto y procazmente subversivo.

 

Mi paisano Gracián recomienda "sentir con los menos y hablar con los más", evitando manifestar públicamente la discrepancia íntima con el parecer de la mayoría. El cinismo del consejo no puede reducirse a la condición de "helada y laboriosa nadería", como Borges describiese una vez la prosa conceptista del aragonés. Por el contrario, expresa con elocuencia rotunda la sensibilidad barroca en que nos hallamos instalados, que hace del disimulo y el doblez la aguja de marear de la supervivencia moderna.

 

Una arquitectura axiológica obliga hoy sin duda a "sentir con los menos" y, por la naturaleza pública de su ejercicio, es incompatible con la cautela de "hablar con los más". Una arquitectura que se ocupe de los valores mueve a tomar partido en la esfera de lo colectivo, proyectando futuros voluntarios en lugar de extrapolar pretéritos necesarios. Discrepante del coro intelectual, pero coral en su propósito social, esa arquitectura ideológica sólo puede prosperar en el humus fértil de la razón humana que ordena el mundo.

 

Pero la exigencia de rigor racional no puede conducir a la perfección implacable de la exactitud mineral. El flujo imprevisible de la vida se congela en las latitudes heladas de la razón hiperbórea, y el rigor del pensamiento se transforma en rigor de muerte, geometría y silencio. "Maestro, es usted perfecto", dijeron en cierta ocasión al poeta Aleixandre. "Quiero querer serlo", respondió, "pero no quisiera serlo".

 

 

 

Nota

 

El título de estas tesis aforísticas hace referencia simultánea a Nietzsche, Friedrich, El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música (1872)  y Eco, Umberto, Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas  (1965).