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Entrevista a Rafael Moneo
Rafael Moneo, 2010
Una semana después del fallo del Premio Europeo del Espacio Público Europeo 2010 visitamos a Rafael Moneo en su estudio, situado en una casa de dos plantas de la colonia de El Viso, en Madrid. El edificio, ejemplo de la arquitectura racionalista madrileña de principios de siglo XX, conserva la pátina de distinción que otorga el paso del tiempo, muestra sin pudor una fachada desconchada y queda rodeado por un pequeño jardín. Nos acomodamos en una cálida sala donde se apilan libros de arquitectura que se esparcen entre mesas, sillas y suelo. El arquitecto nos habla de su experiencia como presidente del jurado y su particular visión de la ciudad y de la arquitectura contemporánea, mientras va esbozando croquis en una hoja de papel vegetal.

¿Cuál es su valoración del resultado del Premio Europeo del Espacio Público Urbano 2010?

Este galardón constituye un índice de lo que se entiende como espacio público, tanto para los arquitectos como para el público general. Se trata de un indicador, un testigo, una cata de lo que es en un determinado momento del pensamiento urbanístico y del estado en el que se encuentra la arquitectura y el diseño urbano actuales. El haber premiado exaequo a dos proyectos como la Biblioteca de Magdeburgo en Alemania y la Ópera Nacional de Oslo en Noruega es algo natural, no es una elección arbitraria. Tiene su interés.

Por una parte, la Biblioteca de Magdeburgo explicita de modo muy directo sus objetivos: los propios usuarios son quienes están muy pendientes de hacer perder a los edificios su condición monumental y quienes reclaman directamente sus valores de uso, valores que contribuyen genéricamente a reforzar la noción de virtud que acompaña a la cultura. Con una intervención mínima se da cuenta del papel esencial del diseño urbano. Asimismo, recoge la voluntad de reciclaje y estilísticamente se convierte también en un edificio falto de prejuicios: muestra un cierto desinterés por la investigación propiamente formal y arquitectónica y sin embargo, está dispuesto a otros aspectos culturales de más alcance, ya sea de contenidos o por el reciclaje de todos esos rasgos de la arquitectura de los años cincuenta. Sin querer, hay una cierta asunción polémica del lenguaje de los cincuenta como alternativa al más escandaloso y exuberante lenguaje arquitectónico de los años noventa y el dos mil. También se encuentra el deseo reformista de una pequeña comunidad, al querer transformar un nudo de tráfico en algo que tenga vida urbana.

Es un proyecto de gran interés que no se contradice con el otro ganador exaequo, la Ópera Nacional de Oslo, uno de los edificios más importantes de los últimos años, de mayor ambición intelectual, por tratarse de una institución de tanto rango, en un país tan maduro y por otro lado con tantos medios. En este proyecto, Snøhetta plantea algo que es muy característico de la arquitectura actual. La Ópera Nacional de Oslo es un ejemplo muy sintomático del deseo que hoy anima a los arquitectos de hacer que la arquitectura se disuelva y se convierta en paisaje. Algo de esto hay en las propuestas de tantas gentes que entienden como espacio público el paisaje, los jardines, los parques. Situado en un lugar tan urbano como es el puerto de Oslo, en donde hay algunos edificios como el Ayuntamiento, con tanta voluntad y con tanto deseo de expresar y materializar lo que es una ciudad, este proyecto trata de prescindir de aquellos rasgos más característicos de los edificios para llegar a diluirse en el medio natural. Las rampas de la Ópera, por ejemplo, acaban entrando en el mar y se transforman en elementos casi paisajísticos: el edificio quiere ser topografía. Pero cuando el visitante llega dentro para ver de qué se trata, descubre un teatro de ópera a la italiana puramente tradicional. Ahí está la flagrante contradicción que se da entre algo que viene de la vida urbana, como es un teatro de la ópera, y un recipiente –una obra de arquitectura- que trata de ser paisaje: inevitablemente aparecen este tipo de servidumbres. El jurado reconoció este valor y esta dificultad intrínseca.


¿A qué responde esta contaminación paisajística de la arquitectura?

Creo que se debe, fundamentalmente, a dos razones. La primera que deberíamos mencionar es el deliberado enfrentamiento a la arquitectura de la generación anterior que, se quiera o no, se entiende en la actualidad como exageradamente monumental. Si aceptamos que las obras de Frank Gehry y la arquitectura desenvuelta de Rem Koolhaas han dominado la arquitectura de los ochenta y los noventa, constataremos que no han tenido inconveniente en acceder a la dimensión monumental desde la exageración. La segunda razón, y puede que la de más peso, es el deseo de acercar la arquitectura a la naturaleza, de llegar a una arquitectura que, de acuerdo con la ideología dominante, pueda ser calificada como ecológica. Los arquitectos hoy no persiguen tanto una ciudad dominada por la discreción burguesa –la ciudad del siglo XIX, la ciudad que le gustaba a Aldo Rossi– respetuosa con las normas y sí una ciudad en la que la naturaleza, lo ecológico, esté presente. Las ciudades jardín ya persiguieron la naturaleza como meta, cuando los nuevos medios de transporte permitieron a quienes habitaban en las ciudades la recuperación de la naturaleza descubierta por los paisajistas ingleses. La ciudad jardín satisfacía los ideales de quienes creían que vida social y medio natural no tenían porqué entenderse como opuestos. Pero las críticas a la ciudad jardín surgieron bien pronto. Le Corbusier explicó que la ciudad jardín es todo un despilfarro. Y lo cierto es que esta vuelta a la naturaleza de la arquitectura que pretende ser ecológica ignora por completo la ciudad jardín. Las propuestas de arquitectura ecológica que hoy se nos hacen abundan en aspectos visuales, envuelven en verde las construcciones. La arquitectura desaparece bajo un artificial manto vegetal, cuya eficiencia y coste habría que poner en duda. Pero lo ecológico se ha convertido en un tópico y, como resultado, la arquitectura parece querer disolverse en el paisaje. Una crítica a aquellas arquitecturas que hoy se dicen ecológicas y sostenibles está por hacer. En realidad, respuestas auténticamente ecológicas habría que buscarlas en la arquitectura primitiva. Hay que reconocer que mucha arquitectura antigua ha sido tanto o más ecológica que la actual, a pesar de los esfuerzos que hoy hacen los arquitectos para que lo parezca. No quiero con ello decir que haya que volver a la arquitectura vernácula, pero sí hay que reconocer que, en lo primitivo, la racionalidad está más presente y es más evidente. La racionalidad se refleja en la forma de lo construido. En cierta medida, cuantos menos medios se tiene, con más racionalidad se presenta la respuesta constructiva. Hoy, la abundancia de medios es tal que el constructor procede sin aparentes limitaciones. Esto lleva a que todo sea construible, a un concepto nuevo que parece dar por legítimo todo aquello que puede construirse. Cabría hablar de buildability como único límite para la imaginación del arquitecto. Naturalmente, tal actitud, hoy tan presente, poco tiene que ver con la racionalidad que debería llevar implícita una auténtica arquitectura ecológica.

En algunos de sus textos, ha hablado de la importancia que había tenido el lugar en épocas anteriores, la contextualización, el ‘murmuro del lugar’, ¿cree que este término ha perdido fuerza?

Creo en el lugar. Uno teme que las nuevas ciudades, como las del Golfo Pérsico, no tengan ese soporte que en un momento determinado hacía que las ciudades se ligasen a la geografía, que cada ciudad encontrara su sentido desde el asentamiento. Mucho me temo que tan sólo sean la expresión de operaciones financieras, al estar ocupadas por quienes las están construyendo y no ser otra cosa que bienes comprados por inversores que puede que no las ocupen nunca. Esa falta de interés por el contexto indudablemente deja a la arquitectura sin los incentivos que proporciona el lugar y que tanto cuentan a la hora de imaginar lo construido. Lo dicho puede extenderse a los materiales que estimulan la mente de quien va a construir. Estamos hablando de un momento en el que la versatilidad de las técnicas y la posibilidad de construir casi cualquier cosa hace que el constructor no entienda ni utilice la limitación positiva que había en el buen uso de un determinado material. Antes, el concepto de forma estaba íntimamente ligado a materiales y técnicas de construcción y, en el fondo, el arquitecto encontraba en esas limitaciones el arranque y el sustento de las fantasías formales. Si alguien construía en piedra tenía unas limitaciones y unas obligaciones, la definición de la forma: las razones para construir estaban implícitas en el material. Hoy, la forma se piensa sin esas restricciones y limitaciones. Ahora, las facilidades de los mundos figurativos que se representan en el ordenador, sin ese filtro del conocimiento constructivo, dan lugar a que los nuevos constructores se encuentren con menos apoyo.

Se puede decir que tan sólo se construye sobre lo construido. Construir sobre lo construido siempre proporciona pistas y permite establecer contrastes, testificar el valor de lo que uno piensa, que no se da cuando la obra puede llegar a producirse de un modo autónomo e independiente. Rara vez se da una obra autónoma e independiente, sin limitaciones. Por otro lado, es más hermoso pensar que uno interviene sobre una obra inacabada, que uno contribuye a la obra sin fin que supone la construcción del planeta en un determinado instante. Nuestro trabajo siempre se engarza en algo más amplio. Es muy hermoso pensar la historia de las ciudades así. La ciudad vista de ese modo tiene menos que ver con la ciudad imaginada desde el pensamiento utópico. Me gusta ver la ciudad como un edificio en el que trabajamos todos pero que nunca acabaremos de ver hecho. No se puede pensar que ninguna figura se cierra completamente, ninguna ciudad ha alcanzado su plenitud.

Lo hermoso del trabajo del arquitecto es la capacidad de despojarse por completo de su obra. El arquitecto transfiere a su edificio una condición instrumental, de uso. A veces se tiende a pensar que esto ocurre con todo tipo de trabajo u obra artística. ¿Pasa lo mismo con un poema? No estoy seguro. Es verdad que un poema no termina en los conceptos que se recogen en la página y que también se multiplica con los lectores, pero no del mismo modo. Los lazos de unión entre un edificio y un arquitecto son más débiles que entre un poema y un autor. Creo que la grandeza de la arquitectura es la capacidad de dotar de vida propia a aquello que se construye. No sé si eso se da en un poema, creo que en todo caso es menor en un cuadro. La idea de un lector como dueño del texto es una verdad a medias. Pero en tanto el edificio es dueño de sí mismo, y no el arquitecto, quien lo usa se apodera de él, lo hace suyo con más naturalidad. Se asocia la obra de arquitectura al arquitecto pero los edificios tienen vida propia y establecen una relación directa e inmediata con los usuarios. Un arquitecto sólo relativamente es el dueño de su edificio.

La noción de espacio público se ha asociado tradicionalmente a la idea de democracia, pero ¿hasta qué punto la proximidad física entre extraños en la ciudad genera comunidad política?

Acabo de regresar de la capital del Perú y el fenómeno de Lima es el de la construcción de las barriadas. Es una ciudad interesantísima que ha visto multiplicar por diez su población en las últimas décadas. Posiblemente cuando Mario Vargas Llosa escribe La ciudad y los perros o Conversación en la catedral, Lima tenía seiscientos mil u ochocientos mil habitantes, hoy tiene diez o quince veces más. Las gentes del campo vienen a la ciudad con el deseo de vivir de otro modo, y la autoconstrucción modestísima en la que inmediatamente se ven involucrados, hace que la ciudad se entienda como proximidad física. Las barriadas de Lima son ciudad: las personas que las habitan creen que están construyendo la ciudad y en verdad que así es. Hay toda una tradición en la autoconstrucción pero ello no implica que se respeten algunas normas no escritas y que se tenga una cierta noción de orden. El otro modo de hacer ciudad es construir infraestructura. No es el caso de Lima, donde lo que me parece imprescindible es el reconocer que es la proximidad de las personas físicas la que da sentido al medio arquitecturizado, que se convierte inmediatamente en ciudad. Quienes viven en las barriadas limeñas no entienden como inconveniente la proximidad para vivir en la comunidad, bien al contrario, la entienden como aquello que persiguen y a lo que más valor dan.

El vínculo clásico entre espacio físico y democracia está relacionado con la conciencia de que es la vida con los demás -y sólo a partir de la vida con los demás- como se entiende nuestro paso por este mundo. La ciudad es el marco para esa vida en común y esa vida en común es la que lleva a estos aspectos de especialización de la ciudad que termina por entenderse como un conjunto de edificios que reflejan diferentes quehaceres, sea una escuela, un teatro o un mercado. Dar a la palabra “mercado” esta connotación, en la que todo lo que a uno le apetece hacer, adquirir o poseer es asequible, es una buena manera de entender la ciudad. Me parece que fue Max Weber quien entendió la ciudad como mercado, pero muchas veces me ha tocado citar la frase de Louis Kahn según la cual una ciudad es aquel lugar donde un niño aprende o puede llegar a aprender lo que quiere ser. Estoy de acuerdo porque tiene que ver con esa idea de mercado, también de profesiones, de formas de vida, de cómo a uno le gustaría estar en este mundo, en qué oficio emplear el tiempo, y eso sólo se aprende en ese contacto con los demás. Por eso me resisto a pensar en una ciudad virtual, dispersa, sin contacto con los otros.

Desgraciadamente, en la ciudad moderna se va viendo menos la diversidad de posibles vocaciones. Al final no sabes si esa ciudad de la que hablaba Louis Kahn, en la que había carpinteros, tapiceros, ferreteros, tenderos, jornaleros, escribientes, etc., todos los oficios, tiene que ver algo con la ciudad actual. Pero es una ciudad por la que sentimos nostalgia. Y así se explica lo bien que nos sentimos en las ciudades viejas, que guardan la memoria de una ciudad como Arca de Noé de las profesiones. Desgraciadamente, la ciudad a menudo hoy hay que verla como simple parque temático.

El turismo es algo muy destructor. Todos los alcaldes quieren convertir sus ciudades en ciudades turísticas y no saben que el mayor lujo que puede tener una ciudad es no tener turistas. Barcelona todavía es lo suficientemente grande para que los turistas no la destruyan al concentrarse en determinados barrios, sin embargo hay tantas ciudades pequeñas consumidas por el turismo: puedes decir Florencia, Venecia o la misma Roma. En el fondo está la globalización y la facilidad con la que nos desplazamos y disfrutamos de otras ciudades. Es verdad que el goce de otros mundos es a costa de admitir que no nos pertenecen y esa no pertenencia siempre hará que muchas ciudades no podamos más que vivirlas como mundos ajenos y distantes. Me parece que la ciudad vivida sólo con el tiempo del turismo difícilmente puede entenderse como ciudad. No sé si se trata de la misma relación que se puede tener con un libro. Y eso, no porque uno pueda leer la ciudad como un libro, sino porque llega un momento en el que uno disfruta de la condición de la ciudad, de su plenitud, de un modo no muy diferente al que se disfruta con la integridad de un libro o de la visión sinóptica de un cuadro. Una ciudad se disfruta, no digo se contempla. La ciudad es quizá una de las manifestaciones más completas de la vida de los hombres y de la historia. Pocas manifestaciones incluyen de un modo tan completo tiempo y presente, el pálpito de la vida.


A pesar de tratarse un concepto escurridizo, ¿qué define exactamente la ciudad y en qué se distingue del espacio público?

Toda la ciudad es el espacio público por antonomasia. Lo que distingue ciudad y casa sería lo que establece la diferencia entre lo público y lo privado. La ciudad da cabida a lo privado, pero realmente es el conjunto de todos los espacios ciudadanos, de ahí lo hermoso de las ciudades en las que no cabe lo privado. No se debería establecer restricciones a la vida en la ciudad. No creo que haya que poner puertas a las ciudades. Las estaciones de tren son espacios públicos por excelencia, porque nunca han tenido que cerrar sus puertas. En este sentido, en el espacio público cabe desde una calle hasta un parque. Cuando los arquitectos presentan sus proyectos de parques y jardines a este Premio y lo hacen de manera tan indiscriminada ¿no están advirtiendo ya de esto que estamos diciendo ahora? ¿Cuáles son los edificios de vocación pública? Lo privado va ligado a la sensación de propiedad que experimentas al abrir la puerta de tu casa, pero también hay culturas en las que las puertas de las casas están abiertas. Lo privado me gustaría asociarlo sólo con lo íntimo, lo público es donde entiendes que tú estás enteramente disponible para los demás, mientras que en lo íntimo estás solamente pendiente de ti mismo. La dicotomía entre ciudad y casa es la que convierte las personas en ciudadanos. La casa queda como último reducto de lo íntimo. La ciudad es todo aquello que no afecta a la vida de lo íntimo, todo ello es ciudad, todo ello es espacio público.

Podría pensarse el espacio público como los lugares en los que la gente convive. Tampoco hay que asociar los espacios públicos a los lugares con determinada cabida de masas. Los grandes espacios de reunión pública hoy tienen menos sentido o lo tienen sólo como espectáculos en sí mismos. El espacio de San Pedro en Roma es a un tiempo un lugar en el que conviven las nociones de masa y jerarquía. A veces hay confusión al entender lo público como el territorio donde las masas se pueden encontrar cómodas, pero las masas se pueden encontrar cómodas de muy diferente modo: te puedes encontrar a gusto un domingo por la mañana en El Retiro masificado, pero eso no quiere decir que el Retiro no esté también fantástico cuando estás allí solo. El espacio ciudadano tiene esa ambivalencia, esa capacidad de permitir la experiencia de lo íntimo y el compartir la vida con los demás.

Su larga experiencia docente en la Universidad de Harvard le debe haber concedido una perspectiva excepcional sobre lo que sucede a nivel arquitectónico en Europa, ¿cómo se percibe la ciudad europea desde Estados Unidos?

La ciudad americana es menos orgánica que la europea, es más abstracta. La ciudad europea aún se explica con la metáfora de la ciudad que tiene los atributos de un cuerpo. En Europa todavía distingues lo que es el vientre de la ciudad o lo que son la cabeza y los miembros. En una ciudad americana todo es más inorgánico. La condición inorgánica acompaña a las ciudades de nueva planta. Podríamos simplificarlo mucho diciendo que el modelo americano es la ciudad jardín y el downtown. La ciudad americana refleja muy bien cuánto el individuo y el respeto a sus derechos inspira la sociedad americana. En la ciudad europea el individuo se encuentra incluido en numerosos círculos sociales que, si bien limitan su libertad, le ofrecen seguridad, ayuda en la precariedad. Esto se da menos en la ciudad americana, en la que el individuo está más solo, algo que sin duda refleja la dicotomía entre la ciudad-casa unifamiliar y los downtown, entendidos éstos tan sólo como ciudad de negocios. Pero siempre inquieta el generalizar… las ciudades son tan distintas... Nueva York es casi una ciudad europea. Si en una ciudad se aman los libros, la música y el arte es en una ciudad como Nueva York. Pero volvamos a lo que quería decir. En términos generales, sería esa soledad del individuo lo que prevalece en la ciudad americana, una sociedad que, por otra parte, tiende a dar tanto valor a las instituciones. La gran invención de América son las instituciones, ya sean las universidades o las organizaciones culturales y asistenciales ligadas a la filantropía y ello porque al ser débiles los círculos sociales los individuos confían en las afinidades electivas que establecen a través de las instituciones. En ellas está el nervio de la vida social.

En alguna ocasión he dicho que la ciudad europea viene de la ciudad encintada, amurallada. La americana no, porque las murallas ya las tienen puestas en el Atlántico y en el Pacífico, son ciudades que no han necesitado protegerse, les ha faltado la necesidad de dar un sentido de cierre desde su trazado. Al no tener esa conciencia del límite, la ciudad americana puede tener menos forma y por tanto una mayor abstracción. Las dimensiones ingentes de América, por otra parte, explican que no sea fortuito el que los americanos se hayan apoyado en el teléfono, en el aeroplano o en los medios de comunicación, haciéndolos consustanciales con su vida. América, al final, ha tenido que buscar medios para que todo el país viviera conjuntamente. Puede que los nuevos medios de comunicación permitan alimentar la fantasía de que América, en su inmensidad, es una sola ciudad.

Magda Anglès y Judit Carrera
Madrid, abril 2010