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Lock living. Paisajes urbanos de la seguridad
Francesc Muñoz, 2004
En julio de 2001, bastante antes de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, la empresa Visionics Corporation instaló por primera vez el sistema de reconocimiento facial Face it en un espacio público de la ciudad de Tampa, en Florida. El sistema, que actualmente ya ha sido incorporado en la mayoría de aeropuertos, shopping malls y contenedores de ocio de Estados Unidos, constaba de 36 cámaras de vigilancia dispuestas en la zona nocturna de Ybor City, visitada por unas 150.000 personas durante las noches de los fines de semana. Face it permitía reconocer los rasgos faciales de los visitantes y enviarlos en tiempo real a un sistema computerizado que, actuando como central de datos, comparaba las imágenes recibidas con las fotografías de delincuentes existentes en los archivos policiales. A partir de un 85% de similitud con los rasgos faciales registrados, el individuo en cuestión era considerado «sospechoso», y los agentes de policía podían ser enviados al lugar para verificar el parecido y su identidad real.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y sus posteriores correlatos en Madrid (2004) y recientemente en Londres (2005) han tenido una consecuencia directa en lo que se refiere a la vida en las ciudades del mundo occidental: la rapidez con la que las medidas y dispositivos de seguridad se han situado a la cabeza de las políticas de gestión de la ciudad, con un rango y jerarquía que, si bien ya existían de facto, como lo muestra el ejemplo de Tampa, nunca se habían hecho tan explícitos.

De hecho, durante los últimos años del siglo XX, diversos trabajos ya habían dejado clara la importancia que las políticas de protección, defensa y fortificación del espacio urbano estaban alcanzando en las ciudades. Desde campos diversos, de la arquitectura a la sociología, de la antropología a la reflexión desde el mundo del arte, la percepción del entorno urbano como un territorio progresivamente bajo vigilancia era una diagnosis compartida que llevaba a valorar no pocos riesgos futuros para la vida social en las ciudades.

Mucho antes de los atentados que han marcado la actualidad mediática durante los últimos cuatro años, ya se había planteado cómo las formas tradicionales, más físicas y tangibles, de protección –el muro, el vigilante, el perro o la alambrada– habían sido progresivamente sustituidas por sistemas de vigilancia y control quizá menos visibles pero mucho más sofisticados –el satélite, la cámara de vigilancia, los sistemas de alarma vinculados al reconocimiento de huellas dactilares y del iris, o las regulaciones específicas para el uso del espacio público-. De hecho, la aparición de estas nuevas formas de protección y vigilancia urbana, de esta infraestructura de seguridad, nunca suplantó completamente las anteriores. Más bien, y dependiendo del tipo de espacio urbano en cuestión, se fueron desarrollando metodologías para la gestión de la seguridad urbana que combinaban elementos de los dos modelos: no era por tanto difícil encontrar barrios de la ciudad donde la fortificación más evidente se había ya instalado como una característica definitiva del paisaje1 y, al mismo tiempo, otras áreas donde un paisaje en apariencia sin proteger se hallaba en realidad bajo vigilancia con sistemas integrados de protección telemática y, sobre todo, cámaras y circuitos cerrados de televisión.

Un escenario ciertamente más asociado a la ciudad americana pero que, a finales de la década de 1990, se encontraba ya suficientemente representado en Europa con experiencias bastante significativas: la televigilancia en los transportes públicos holandeses; la presencia policial y la vigilancia con cámaras en los barrios periféricos de las ciudades francesas con una fuerte presencia inmigrante magrebí; o la progresión exponencial de los circuitos cerrados de televisión en los espacios públicos de la mayoría de ciudades británicas desde 1995. Una progresión que hacía que, en 1999, un habitante urbano pudiera ser filmado una media de 330 veces al día por diferentes sistemas de vigilancia que, con un total de un millón y medio de terminales en 2001, suponían entonces una ratio de una cámara por cada 60 habitantes en las zonas urbanas de Gran Bretaña (Norris y Armstrong, 1999).

Pero quizás era en los espacios públicos de las ciudades donde mejor se mostraba el protagonismo que la gestión de la seguridad empezaba a tener en las políticas urbanas. Tanto es así, que la producción de paisajes de seguridad iba de la mano de una sofisticada gestión de la vida social urbana, que se apoyaba en procesos como la especialización de los espacios públicos, utilizados de forma intensiva como superficies dedicadas al ocio y al consumo. La afortunada frase de la socióloga norteamericana, Sharon Zukin (1998), la domesticación por capuccino de los espacios públicos, hacía así referencia a un proceso de escala global: cómo las actividades, comportamientos y usos permitidos en el espacio público se entendían desde la política urbana como un elemento que se debía regular, gestionar y administrar, por este orden. De hecho, esta regulación del espacio público no era más que un requerimiento básico para garantizar las condiciones de seguridad. Una seguridad que, al mismo tiempo, era necesaria para mantener el funcionamiento de unos espacios públicos entendidos progresivamente como un confortable espacio resort.

Éste era el contexto en el que se comenzó a plantear la política de la tolerancia cero en la ciudad de Nueva York. La lucha contra la delincuencia y la inseguridad urbana llevó a su alcalde, Rudolf Giulliani, a poner progresivamente en práctica durante la década de los noventa medidas de control policial basadas en el ejercicio de una fuerte represión de los actos delictivos, independientemente del tipo de delito que hubiera sido cometido. El éxito de las políticas de tolerancia cero, medido mucho más atendiendo a la reducción de los índices de criminalidad urbana que no al aumento exponencial de la población de las prisiones, fue configurando así un escenario donde el desarrollo de la fortificación urbana y la aparición de paisajes de defensa (Gold y Revill, 2000) eran simplemente rasgos puntuales de un modelo de gestión de la ciudad mucho más amplio y complejo. Un modelo orientado hacia la garantía de las máximas condiciones de seguridad en los centros urbanos. Una ecología del miedo, tal como la llamó el periodista norteamericano Mike Davis, se había extendido así en las ciudades norteamericanas, donde, hoy en día, no es extraño encontrar proyectos urbanos diseñados y coordinados prácticamente en su totalidad por los departamentos locales de policía.

Paulatinamente, este tipo de políticas de seguridad urbana se fue exportando de unos centros urbanos a otros, como ha puesto de manifiesto el geógrafo británico Neil Smith en diversos trabajos (SMITH, 2001), sobre todo en ciudades suramericanas (Valenzuela Buccocini, 2002).2

El resultado final de este proceso ha sido la multiplicación de los paisajes de la seguridad; un tipo de forma urbana global y en expansión, resultado de la absoluta prioridad que las condiciones de seguridad tienen a la hora del diseño urbano y la propia producción del paisaje. Hasta tal punto es así que podemos afirmar que la seguridad se ha convertido en un auténtico requerimiento urbano, sin cuya garantía tampoco se puede asegurar el propio proceso de producción de ciudad.


Territorios del miedo y el confort

Situando la discusión en términos generales, la evolución reciente de los dispositivos y de las metodologías de vigilancia y seguridad muestra una transición en lo que se refiere a cuáles son los entornos del miedo, los espacios bajo vigilancia en nuestras sociedades urbanas actuales. Hasta hace poco, hasta los atentados del 11 de septiembre si se quiere, los espacios vigilados correspondían a dos escenarios muy concretos:

1. En primer lugar, territorios considerados como peligrosos, ya fuera por sus características físicas o por las actividades que allí se realizaban, y que, por tanto, era necesario vigilar. Hablaríamos así de centrales nucleares, zonas reservadas para la actividad y la investigación militar o plantas industriales y productivas que, por sus características, exigen estar vigiladas continuamente.

2. En segundo lugar, la misma ciudad, eventualmente, podía convertirse en un territorio vigilado. Así, algunas áreas urbanas podían estar temporalmente bajo vigilancia en función de situaciones ocasionales de peligro o riesgo. La ciudad de Londres, durante los años noventa, en los episodios de mayor tensión a causa de la última ola de atentados terroristas del Ejército Republicano Irlandés, o las principales ciudades israelíes, de manera casi continua durante los últimos años, pueden ser buenos ejemplos de este segundo escenario.

Pues bien, de este espacio de la seguridad circunscrito a algunos territorios continuamente vigilados y a algunos tiempos urbanos eventualmente protegidos, se habría pasado a un nuevo modelo caracterizado por la extensión de las condiciones de seguridad a toda la ciudad y de manera continua. La familia de palabras vinculadas a la seguridad –protección + defensa + vigilancia– habría dejado ya de ser un elemento excepcional, que podía caracterizar un territorio o un tiempo concretos, para, como se decía antes, convertirse en un requerimiento para la producción del paisaje urbano. Habría, de hecho, una gradación entre estos tres niveles de seguridad: la protección se definiría a partir de medidas que protegen de una agresión o de un entorno hostil en el momento de peligro o ante un ataque, y se podría poner el ejemplo de la alarma. La defensa, o fortificación, se referiría a aquellas políticas ya planificadas que extienden la protección de forma permanente hasta entrar en el campo de la disuasión, como precaución ante posibles ataques. Ocurre así con el guardián, el muro o la alambrada. Finalmente, la vigilancia se caracterizaría por, además de ser permanente, añadir una actitud de observación atenta y alerta del entorno para, en caso de peligro, activar los mecanismos de defensa. Como se puede ver, el paso de la protección a la vigilancia significa un mayor contenido tecnológico y mayores necesidades de gestión pero, sobre todo, mayor planificación y una actitud mucho más proactiva por parte de quien vigila.

Normalmente, este proceso de puesta en seguridad del espacio urbano se atribuye al miedo. Los paisajes de la seguridad atenuarían así la sensación de peligro transformando la inquietud en seguridad y confort. Sin duda, en determinados territorios urbanos la presencia de dispositivos de seguridad obedece a ese tipo de factores. Así ocurre, por ejemplo, con el trazado del RER, el tren regional, en la región urbana de Marne-la-Vallée, donde desde marzo de 2002 funciona el segundo parque temático Disney en Francia. Antes de llegar a la Disneyville propiamente dicha, el tren tiene paradas en estaciones de barrios conflictivos como Bussy Saint Georges. Al llegar a ellas se controla con videovigilancia, y por razones de seguridad, quién baja en esa estación y quién continúa hasta el parque temático.

Pero, ¿puede explicarse de la misma forma la presencia casi indiscriminada de infraestructura de seguridad en otros ambientes urbanos no caracterizados de forma tan clara por la ansiedad ante la criminalidad urbana? ¿Puede explicarse la ocupación urbana de que van siendo objeto calles, plazas y otros espacios públicos significativos desde el sentimiento de miedo por parte de los habitantes?

Las preguntas son pertinentes porque quizás estos procesos no tengan tanto que ver con una necesidad de protección sino con una ansiedad de consumo. Dicho de otra manera, la seguridad urbana no deja de ser un objeto de consumo más y, en ese sentido, habría devenido un elemento con capacidad para diferenciar estatus económicos y sociales o bien definir estilos de vida distintos. De acuerdo con esta propuesta, vivir «seguro» –protegido + defendido + vigilado– se habría convertido en un valor añadido para la vida urbana, de forma que las áreas urbanas «seguras» tendrían un plus de valor urbano y económico: de alguna manera, los sistemas y actuaciones en seguridad evidenciarían el estatus superior de un lugar urbano y el visitante entendería que se encuentra en un área importante o central de la ciudad en tanto en cuanto fuera encontrando los elementos formales que visualmente explicitan los paisajes de la seguridad: de las entradas protegidas a los circuitos y cámaras de televisión; de las regulaciones de acceso a las restricciones de uso.

Por tanto, la explicación para la proliferación de los paisajes de la seguridad sería de raíz mucho más económica que otra cosa y estaría vinculada al consumo y a la visualización del valor de un área urbana. Es ciertamente por eso que en las comunidades cerradas (gated communities), tan comunes actualmente en el norte y sur de América, cualquier elemento que pueda restar valor a la propiedad es excluido de la visión. Así ocurre, por ejemplo, con determinados modelos de automóvil, asociados a un nivel de ingresos medio, cuyos propietarios, si bien no han de renunciar a su vehículo, sí deben comprometerse a no exponerlo a la vista si quieren habitar en la comunidad. En el mismo sentido, Andrew Kirby (2002), en sus estudios sobre comunidades cerradas en Arizona, muestra cómo en algunas de ellas, al muro que separa la urbanización del exterior –y que puede explicarse perfectamente en términos de protección– siguen otros muros interiores que separan barrios e incluso unas casas de otras. Como el mismo autor plantea, más que proteger, estos pequeños muros interiores tienen una función diferente: limitan y distinguen el valor económico que tiene la propiedad.

Los barrios residenciales de casas unifamiliares son, de hecho, un entorno donde los paisajes de la seguridad adquieren un claro protagonismo. En el caso del Estado español, los nuevos barrios suburbanos de casas aisladas o en hilera no incluyen muros para separarlos del entorno pero sí que son diseñados ofreciendo elementos de defensa y seguridad. Los búnkeres y refugios que algunas compañías inmobiliarias incluyen en sus promociones complementando casas y jardines representan un caso extremo, pero los sistemas de seguridad y vigilancia son uno de los productos de mayor demanda entre las empresas de seguridad. Entre ellos, destaca el llamado por los proveedores «kit estándar de seguridad doméstica», compuesto por tres elementos: un detector volumétrico, la alarma y el teclado para activar con un código numérico el sistema. Un sistema de defensa básico que se puede ampliar con cámaras de vigilancia en los lugares más vulnerables de la residencia y circuitos cerrados de televisión.3 Hasta el 90% de las demandas de estos sistemas de seguridad procedían en 2001 de hogares privados localizados en barrios de residencias unifamiliares en las periferias de las principales ciudades españolas. Protegido por…, Conectado 24 horas o Vigilancia permanente son ya eslóganes comunes en los folletos de publicidad de estas nuevas residencias suburbanas, muchas de las cuales se ofrecen ya al comprador con caja de seguridad y pre-instalación de alarma. Un nuevo paisaje donde a los anuncios disuasorios en puertas y porches de entrada, perros agresivos en jardines privados y alarmas conectadas a ventanas exteriores, se añade una amplísima gama de nuevos productos de seguridad: de los circuitos de televisión que permiten equipar el propio automóvil para vigilar la casa cuando se conduce y no se está allí, a las cámaras controlables a distancia para verificar qué ocurre en cada una de las habitaciones de la vivienda.

Una visita a cualquier página web especializada muestra que hablamos de un mercado de productos de consumo amplísimo que en poco se diferencian de los gadgets que se compran para decorar el jardín. Una cadena de dispositivos de seguridad que aseguran la presencia discontinua y la ubicuidad espacial de los paisajes de la seguridad.

Un caso extremo de este tipo de productos de seguridad doméstica y que muestra el carácter de objeto de consumo del que se habla son las burbujas de seguridad para protegerse en caso de ataque bacteriológico. Se trata de burbujas inflables hechas de material aislante, que fueron fabricadas por compañías finlandesas y comercializadas desde Kuwait justo meses antes del inicio de la segunda guerra del Golfo en Irak, y que permitían crear un espacio de seguridad doméstico para ser instalado inmediatamente en el comedor de la casa.

Otro ejemplo mucho más básico tomado al azar entre la inmensa variedad de productos existentes en el mercado es la cámara de vigilancia doméstica VOC-8, comercializada por la empresa Falcon Systems, y que, por un precio de 125 euros, permite ver qué está sucediendo en cualquier habitación de la casa desde el aparato de televisión. Tal y como dice la publicidad del producto:

«Con esta cámara, usted sólo tiene que cambiar el canal en su televisor para ver qué está ocurriendo en cualquier otra habitación de su hogar, utilizando su mando a distancia, como si fuera otro programa de televisión… suficiente para ver desde su comedor si su hijo duerme plácidamente en su habitación.»


Lock living: el estilo de vida de la seguridad urbana


Pero de la misma manera que los muros, los kits de seguridad y demás elementos citados caracterizan ya el paisaje en las urbanizaciones fuera de las ciudades, los circuitos cerrados de televisión y las cámaras de vigilancia en los espacios públicos y centrales de la ciudad tampoco deben entenderse únicamente como una infraestructura de protección y seguridad, sino más bien como objetos de consumo que diferencian estatus y condición económica de los residentes, o bien evidencian el carácter de centralidad y el valor urbano del lugar de cara al visitante. Si bien podemos enumerar territorios y situaciones definidos claramente por el peligro y el sentimiento de alerta –como ocurrió en Nueva York o Madrid y ocurre ya en Londres–, la mayoría de contextos urbanos experimentan una ocupación y gestión de sus lugares en clave de seguridad que, en realidad, no se corresponde con la inquietud que pueden generar.

Entender la expansión de los paisajes de la seguridad en términos de diferenciación social y estilos de vida permite, por ejemplo, explicar la reciente aparición de los servicios de televigilancia a la carta en algunas localidades británicas: un servicio que consiste en la posibilidad de ser vigilado en la ciudad a petición propia. Así, la televigilancia se ofrece, y se paga, como un servicio urbano más. Localidades de renta elevada, como Winchester, y algunos distritos más deprimidos del Gran Londres, como Newham, son pioneros en este nuevo campo y ofrecen actualmente a sus habitantes la posibilidad de ser filmados por la red de terminales de vigilancia estratégicamente localizados en la ciudad, en plazas, calles comerciales y rotondas.

Únicamente es necesario informar a la empresa que ofrece el servicio, con una llamada de teléfono, del itinerario aproximado que se hará durante el día y los lugares donde se piensa ir para tener la seguridad de que, pase lo que pase, se estará siendo filmado por las cámaras de los circuitos cerrados de televisión. Un dispositivo de vigilancia que se puede entender mucho más en términos de consumo y de diferenciación del estilo de vida propio que de protección y prevención del peligro propiamente dicho.

Así pues, ¿forma parte del estilo de vida urbano actual el consumo de seguridad?

En su libro Loft Living (1982), la socióloga Sharon Zukin discutía hace años los primeros procesos de elitización4 en Nueva York como dinámicas directamente asociadas a la renovación urbana y al cambio en el estilo de vida de las clases medias locales. Un estilo de vida que empezaba a hacerse evidente a través de pautas de consumo nuevas: de la percepción positiva de vivir downtown al éxito de la nouvelle cuisine, pasando por las renovaciones en naves industriales y antiguos talleres que dieron lugar a los famosos lofts.

Como se ha dicho antes, el creciente desarrollo de las políticas de seguridad asociadas al diseño y al uso de la ciudad pueden también entenderse como dinámicas directamente asociadas a cambios en los estilos de vida. El uso de ambientes urbanos seguros constituye un signo de éxito económico, en unos casos, o de pertenencia e identificación social, en otros, y crea así nuevos contenidos y valores a la hora de definir la cultura urbana. En paralelo, el diseño de entornos seguros es un elemento clave para garantizar el valor urbano de los espacios tanto públicos como privados. Como se ha dicho, cuanto más segura se presente un área urbana, mejor percibida y valorada será por los visitantes y habitantes.

Ésta puede ser una explicación del altísimo nivel de estandarización que tanto las políticas como los sistemas de seguridad están alcanzando actualmente en las áreas urbanas de lugares bien diferentes del planeta. La extensión y el alcance global de estos paisajes de la seguridad merecen aún una última reflexión.

En la medida en que el espacio urbano se modela de acuerdo con los requerimientos de las políticas de seguridad, éste va perdiendo grados de complejidad y diversidad que lo podrían caracterizar como un escenario múltiple y variado en términos de uso y funciones. De hecho, los criterios técnicos asociados a las políticas de seguridad no persiguen otra cosa que asegurar soluciones de predictibilidad, regularidad y linealidad en el uso y el carácter del espacio urbano. Por otra parte, es bien conocido cómo mientras los espacios urbanos diversos y complejos obligan a una gestión de la seguridad ciertamente costosa y complicada, los lugares especializados, donde predomina un único tipo de uso del espacio y de comportamiento urbano, facilitan mucho tanto la previsión como la provisión de seguridad.

Por tanto, parece claro que garantizar una hipotética seguridad máxima se correspondería con un escenario de mínima complejidad urbana. Situar la gestión de la seguridad en un lugar central a la hora de planificar la ciudad puede significar un beneficio obvio en el corto plazo –puesto que el motor económico urbano necesita de un entorno suficientemente seguro–, pero representa igualmente un riesgo clarísimo en un horizonte más largo: la reducción de la ciudad a una suma de espacios valorados en términos de su simplicidad, predictibilidad y transparencia.

Como aquí se ha explicado, es más la geometría del consumo que la geografía del miedo la que explica la expansión de los paisajes de la seguridad. Encontrar el equilibrio entre las obvias acciones de seguridad que la geopolítica global impone actualmente en las ciudades y los riesgos de minimización de los contenidos y calidades urbanas será sin duda un reto futuro, sobre todo para la cultura y la sociabilidad en las ciudades. Un reto que dibuja, para empezar, la necesidad de refundar una nueva urbanidad apoyada en criterios de complejidad de presencias y diversidad de usos en los espacios urbanos y no en la visibilidad de la sospecha.


Bibliografía


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Notas


1 Un trabajo excelente en ese sentido es el de Camilo José Vergara (1999), quien fotografió en diferentes momentos ciudades y suburbios en Estados Unidos mostrando unos espacios urbanos cada vez más fortificados, donde las alambradas de espino eran un elemento recurrente en todo tipo de lugares tanto públicos como privados.
2 El ejemplo de Santiago de Chile es paradigmático en ese sentido, con la instalación de los llamados botones de pánico en el centro urbano donde predomina la actividad comercial. Unos dispositivos similares a los botones de paso en los semáforos o a los teléfonos de SOS de las autopistas permiten enviar una señal de alarma en caso de peligro. La señal es recogida y enviada a las fuerzas de seguridad, que permanecen atentas en una serie de torres vigía estratégicamente colocadas rodeando el centro urbano.
3 Las empresas de seguridad que operan en España incrementaron su volumen de negocio en un 45% entre 1996 y 2001: de alrededor de 1.000 millones de euros en 1996 a 1.562 millones en 2001. Los cuerpos de seguridad privada se incrementaron hasta llegar a los 100.000 efectivos en 2002. Esto significaba el doble de trabajadores que en 1996.
4 Se utiliza el concepto propuesto por la geógrafa Luz Marina García Herrera (2001) como sinónimo del neologismo «gentrificación», traducción literal del término inglés «gentrification». Se trata del famoso término acuñado por la socióloga británica Ruth Glass en 1964 para referirse a los procesos de sustitución de población en áreas urbanas centrales como resultado de las operaciones de renovación. De acuerdo con García Herrera, ante la ambigüedad y connotaciones diversas de los términos con los que este fenómeno ha sido traducido hasta ahora –potenciación, recualificación social, aburguesamiento, aristocratización,…–, la idea de «elitización» quizá sea la fórmula que mejor sintetice la naturaleza y contenido del fenómeno.