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Traumas urbanos: «urbanización» fuera de control, «urbanismo explosivo» en América Latina
Jorge Mario Jáuregui, 2004
Conferencia pronunciada en el marco del debate "Traumas urbanos. La ciudad y los desastres". Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona , 7-11 julio 2004

En el continente latinoamericano se viene manifestando en los últimos veinte años un fenómeno provocado por un proceso que tiene dos componentes principales. De un lado, la confluencia de una creciente interconexión y dependencia de los movimientos de capital (globalización financiera) y del otro, la sustitución de tecnologí­as, producto del paso del paradigma mecánico al electrónico, que afecta tanto al área de gestión y administración, como a los propios procesos productivos. Esto tiene sus claras consecuencias urbanas. Contribuye tanto a la dispersión geográfica de las actividades económicas en el territorio como a una renovación y ampliación de las funciones urbanas centrales. Simultáneamente, determina un agravamiento de la exclusión social de grandes sectores de la población, con una secuela de marginalización, violencia y desestructuración de las pautas de convivencia. Su manifestación es la producción de una ciudad dividida entre el denominado sector «formal» (centro, sub-centros y barrios) y el sector «informal» (favelas y periferias sin cualidad), lo que determina un evidente trauma urbano.

Sabemos, a partir de Freud, que las cuestiones traumáticas remiten a una pérdida primordial del sujeto en relación con el campo del otro. Esto tiene que ver con ese exceso inadmisible que es lo real y que va a insistir de diferentes formas: sí­ntomas, angustias, miedos.

Pero hay momentos históricos precisos que se prestan más para que ese inadmisible exceso se produzca. Por este motivo, es necesario encontrar (a través de intervenciones urbanas consistentes) algo que permita la conexión, que posibilite articular las diferencias cuando éstas se tornan intolerables. Cuando se verifica un fuerte vací­o, un trauma inadmisible (la «ciudad partida», por ejemplo) surge la exigencia de restitución de conexiones, a partir de proyectos de estructuración capaces de articular lo estratégico (la cuestión urbana considerada a largo plazo) con intervenciones puntuales, especí­ficas, capaces de responder a las mayores urgencias.

Ese encuentro con la disociación (en el caso de la ciudad partida) puede retornar como un real más disociativo y destructivo aún (es el caso del control del narcotráfico en las favelas de Rí­o). Se trata siempre del encuentro de los humanos con esa disociación, pero, a pesar de que no haya nunca «encuentro complementario» (pues la representación no coincide con la cosa), de cualquier forma, ese real es el motor para los movimientos, para una elaboración donde no se puede dejar que la disociación sea excesiva «de más», porque puede tornarse destructiva, como vemos en el proceso en curso hoy en Rí­o de Janeiro, en el que, pese a la implantación de programas de estructuración urbaní­stico-social, la disociación se dejó avanzar hasta un punto de difí­cil retorno.

Este proceso de integración creciente a escala mundial, caracterizado por la formación de una red global de megaciudades interconectadas y esparcidas por toda la superficie del planeta, que determina una nueva topografí­a, establece también una nueva condición de centralidad. Esto vale tanto en el plano macro-continental, como en el plano local (en el interior de cada estructura urbana). En las dos escalas, lo que se percibe es la formación de nuevas geografí­as de centralidad; en un caso, una red metropolitana de nodos; en el otro, una configuración rizomática de la ciudad, rizoma entendido como un tipo de estructuración que no implica una relación sintética entre los elementos, que rehúsa la noción de orden jerárquico, que posee la cualidad del patchwork, una heterogeneidad radical.

La evidente paradoja actual en el plano de lo urbano es que, mientras la telemática maximiza el potencial de dispersión geográfica, el proceso económico de globalización impone una lógica que requiere lugares estratégicos dotados de enormes concentraciones de infraestructura, de mano de obra y de edificaciones especí­ficas. Pero la combinación de nuevas capacidades de organización, nuevas tecnologí­as y nuevos sectores de crecimiento provoca, en los paí­ses de América Latina, tanto nuevas centralidades como igualmente un enorme incremento de la marginalización. La variedad de procesos en curso está relacionada con la «desterritorialización» de personas, prácticas económicas y culturales, y tiene su sí­ntoma urbano en el aumento del mencionado «sector informal», esto es, en la ocupación de tierras públicas o en litigio, y de las calzadas, plazas y espacios residuales, por todo tipo de «clandestinos».

Está creada así­ la demanda, desde el punto de vista de las intervenciones en las grandes ciudades latinoamericanas, organismos altamente complejos donde se interceptan lógicas de la más variada í­ndole, de un concepto de planeamiento del desarrollo estrechamente vinculado al diseño urbano, capaz de articular, desde el propio momento de su formulación, las cuestiones fí­sicas (urbaní­sticas, infraestructurales y ambientales), las sociales (culturales, económicas y existenciales), las ecológicas (en sus tres dimensiones: ecologí­a social, mental y del medio ambiente ) y las referidas a la seguridad de los ciudadanos.

El problema de la articulación de lo formal y lo informal en América Latina La cuestión urbana en este contexto se inscribe en el marco de la formulación de polí­ticas públicas que deben tener como uno de sus componentes fundamentales la lucha contra la exclusión y la mejora de la calidad de vida de la población, lo que exige la consideración de la estructura urbana como un todo, esto es, el problema de las conectividades entre sus partes «formales» e «informales» como una cuestión central.

En la ciudades latinoamericanas, el porcentaje de «ciudad informal» en algunos casos es mayor que el de la «ciudad formal» (como en Caracas, donde la relación es del 60% de ciudad informal para un 40% de ciudad formal; o en Lima, con el 70% de área informal).

En la mayorí­a de ellas el porcentaje es alto, y varí­a entre un 30 y un 50% en los dos mayores paí­ses del subcontinente, México y Brasil. En Buenos Aires, Santiago de Chile y Montevideo, es del orden del 5% al 10%.

Un componente importante de las polí­ticas públicas en relación con la cuestión urbana, en las cuales se debe encuadrar el planeamiento estratégico articulado con el diseño urbano, es el que se refiere a la contribución que ellas pueden representar para la activación de la participación de los ciudadanos, hecho que exige la búsqueda de integración, en primer lugar, con programas que promuevan iniciativas capaces de generar empleo y renta, y que deben constituirse en poderosos «atractores de vida urbana». Como ya es de conocimiento público, las propias polí­ticas de urbanización son uno de los medios para conseguirlo.

En este contexto, los proyectos de escala urbana deben poder funcionar como un modulador del intercambio entre cada sector especí­fico y la ciudad como un todo, poniendo en evidencia la importancia de las relaciones entre los lugares, los usos establecidos y los flujos (de circulación, de información, de mercancí­as).

En las actuales condiciones simultáneas de interconexión planetaria, urbanización descontrolada y exclusión social, las acciones urbanas no pueden renunciar a proyectar algún sentido, a especular con respecto a órdenes y esquemas potenciales, a imaginar formas de direccionamiento mirando la ciudad contemporánea como un proceso cuyo orden, complejo, siempre en mutación, demanda nuevos dispositivos conceptuales e instrumentales para poder operar.

El desafí­o consiste en componer espacios de flujos determinados por la inclusión en las redes mundiales, con la consolidación de centralidades existentes manifiestas o latentes (la ciudad de los lugares), apuntando a mejorar el desempeño de la estructura urbana en su conjunto. Esto implica la búsqueda de niveles de coherencia diferenciados, singularizados mediante el manejo de las intensidades, a través de las conexiones que deben ser realizadas.

Lo que es caracterí­stico de este medio conductor que son las megaciudades es la gran dinámica del fenómeno urbano en el nuevo marco del capitalismo mundial interconectado, donde cada punto del territorio se determina por una superposición de lógicas aparentemente aleatorias, en las que es necesario revelar su forma de incidencia en cada caso.

Para poder operar en este medio, lo que se demanda es la capacidad de lectura de la estructura de cada lugar de intervención, donde lo que es relevante, más que las cuestiones de escala y medida, es el tipo de relaciones que los diferentes sectores mantienen entre sí­ y con el entorno, así­ como sus condiciones de centralidad y accesibilidad, que serán necesariamente alteradas por las intervenciones. En esta lectura es especialmente relevante el análisis de las condiciones de borde y de frontera entre los diferentes sectores urbanos reconocibles y entre las diferentes partes de cada sector; las lí­neas de fuerza que atraviesan los lugares; los patrones que organizan ciertas zonas con mayor intensidad que otras; las transiciones del espacio público al privado; los pasajes de espacios abiertos públicos a espacios cerrados semipúblicos, etc.

El desafí­o radica en asumir nuevos parámetros de diseño determinados por las preexistencias ambientales y las particularidades de la cultura comunitaria de los habitantes, sus deseos y aspiraciones y su mundo de referencias simbólicas, muy diferentes a los vigentes en la ciudad formal.

Una visión aérea de Rí­o de Janeiro, Buenos Aires, Caracas, São Paulo, Ciudad de México y sus áreas adyacentes nos muestra una gran mancha, un tejido que se desintegra gradualmente, se descompone y se esparce sin fin, salvo en aquellos lugares excepcionales que son los bordes de rí­os, lagos, bosques o la lí­nea del mar. Los viaductos en este escenario son los rí­os artificiales de los cuales hablaba Louis Kahn, y que como tales, unen y separan, generando nuevas condiciones de accesibilidad o aislamiento.

Al mismo tiempo, los antiguos centros locales se deterioran o se renuevan, según los casos, y surgen vací­os internos por paralización de actividades debido a la aparición de nuevas lógicas tecno-productivas y a modificaciones en las condiciones de acceso.

En estas grandes ciudades, se trata de la articulación de la ciudad de los lugares con la ciudad de los flujos, de reestructurar y consolidar mallas, realizar nuevas conexiones, dar carácter a las perturbaciones, fortalecer lugares con identidad, reforzar y/o crear nuevas centralidades, incorporar las inversiones ya realizadas y dotar a las periferias de equipamientos de prestigio. Todo esto teniendo en cuenta que la imbricación del tejido urbano, de las infraestructuras de circulación y comunicación, de los usos establecidos y de las demandas de la población, sólo puede ser considerada desde una perspectiva multidisciplinar.

La cuestión es cómo, actuando desde una equilibrada consideración de la relación coste-beneficio, puede ser generado, a partir de la articulación planeamiento estratégico-diseño urbano, un espacio de calidad que no anule la inscripción de las comunidades territoriales, y guiar las acciones en la dirección de la conectividad general de la estructura de la ciudad.

Hoy podemos verificar tanto una tendencia en la dirección de la exacerbación de los conflictos, como - y al mismo tiempo -, una «inevitabilidad de la coexistencia» en este mar de signos que son las megaciudades de tres tipos de espacios urbanos diferenciados:

  1. Espacios generados por procesos de acumulación y sustitución tradicionales, donde pueden identificarse algunas piezas arquitectónicas sobre un fondo anónimo, llegando a constituir centralidades (cuando logran una cierta masa crí­tica) a través de la condensación y superposición de funciones y modos de vida. En estos tipos de espacios, la imagen urbana es el resultado de la acción de una comunidad interaccionando en un determinado territorio a lo largo de un perí­odo de tiempo, según criterios y normas que están permanentemente siendo adaptados y renegociados. Estos sectores urbanos, identificados como «centro» o «barrios», presentan caracterí­sticas que los definen como la imagen «visualizable», registrable, y que puede ser «retenida», de la ciudad.
  2. Espacios que escapan al control del poder público (o donde éste es muy frágil) y que ocupan grandes extensiones de la superficie de los municipios, constituyendo «áreas fuera de control», con sus propias «leyes» y «códigos». En algunos casos, la actuación en estos contextos puede requerir la utilización de una «metodologí­a de guerra», o de «planeamiento contra desastres». En estos espacios sin calidad, el papel del diseño urbano para determinar una nueva imagen es fundamental, tanto para contribuir a la re-significación general del sistema urbano, como para la mejora de la calidad de vida de los que se ven obligados a vivir allí­ por falta de alternativas. El diseño urbano en estas circunstancias tiene como finalidad principal instaurar la dimensión del espacio público como ámbito de calidad y no sólo como provisión de servicios, equipamientos e infraestructura. En este sentido, urbanizar favelas significa forzar el caos buscando inscribir puntos de singularización con capacidad de producir efectos no sólo en el área de intervención, sino sobre un amplio entorno. Estos sectores de la malla urbana, en muchos casos sin «registro» en los mapas catastrales oficiales, constituyen la imagen «noire» de la sociedad, aquello de lo que no se quiere saber; no-lugares, intervalos, «tiempos a sufrir» en los desplazamientos a través de la ciudad. Sin embargo, simultáneamente, son espacios para lo nuevo, para nuevas posibilidades de «hacer ciudad», agujeros para la creatividad, para la innovación urbaní­stica y la experimentación social. Lugares donde se imbrican lo que está «en proceso», en devenir, en mutación, con la riqueza de relaciones sociales y la gran permeabilidad de lo comunitario y de lo individual, que proveen la base, el material a ser trabajado apuntando hacia su articulación en la ciudad, y la configuración de una nueva imagen urbana, que promueve nuevas posibilidades de convivencia.
  3. Espacios relacionados con proyectos «de autor», demandados por el poder de grandes corporaciones (nacionales o multinacionales, públicas o privadas), generalmente derivados de programas «temáticos» tales como parques de entretenimiento, exposiciones internacionales, reciclaje de áreas portuarias, centros históricos, barrios «tí­picos», etc. Ellos ocupan puntos estratégicos del territorio y están desconectados (voluntariamente o no) de la estructura urbana, constituyendo, en general, «islas de fantasí­a» en el archipiélago de la ciudad. En este tipo de espacios, las imágenes tienden a tornarse verdaderamente «commodities».

Estos tres tipos de espacios tienden a permanecer desarticulados entre sí­, manteniendo apenas relaciones de contigüidad; no crean trama urbana, y esto contribuye a la fragmentación, a la «partición», tanto fí­sica como social de la ciudad.

Aprendiendo del urbanismo de lo informal

El proceso de la llamada «urbanización informal», en este contexto, ha acabado por ser el elemento dominante en la producción de ciudades en los paí­ses latinoamericanos. La magnitud de esta forma de «urbanismo» lo ha convertido en la norma más que en la excepción. Villas miseria, callampas, campamentos, asentamientos irregulares o favelas, son diferentes denominaciones, según los paí­ses, para referirse a un mismo proceso de crecimiento y expansión urbana sin control. Para intervenir en este proceso, se demandan tanto nuevas formas de aproximación proyectual, nuevos conceptos y metodologí­as, como nuevas formas de gestión y articulación de las relaciones público-privado-comunidades. El fenómeno está casi siempre caracterizado por una ocupación indiscriminada del suelo, malas condiciones de accesibilidad, inexistencia de tí­tulos de propiedad, carencia de equipamientos y servicios, y diversos grados de precariedad de las viviendas, pero también por un alto nivel de participación de la población. Al mismo tiempo, la informalidad no se refiere únicamente a la autoconstrucción, sino que incluye casi siempre la viabilización de diversos espacios de usos comunitarios e infraestructuras fragmentarias. Y este hecho no se reduce sólo a la conducta de las clases populares, como lo muestran el caso del nuevo distrito de Santa Fe en la Ciudad de México y de Barra da Tijuca en Rí­o de Janeiro.

Hoy es imposible ignorar el fenómeno de la «ciudad informal», tamaña magnitud y gravedad ha alcanzado. Una de sus caracterí­sticas especí­ficas es la utilización de tácticas que implican pragmatismo y acción, y que incluyen vulnerabilidad, violencia y especulación inmobiliaria, asociados con contaminación, deterioro ambiental y crecimiento sin control. Pero en estos asentamientos también se verifica una gran interacción social, pluralidad cultural y complejidades espaciales de todo tipo. Por eso, informal en este sentido se refiere no sólo a lo que carece de «forma», de «modelo», sino también a lo que está fuera de lo normal o de lo prescrito, y que incluye lo casual.

Algunas caracterí­sticas especí­ficas de la forma de «hacer ciudad» en la informalidad son:

  1. La dimensión social y polí­tica: Pensar lo urbano desde la lógica de la «ciudad informal» implica poder realizar una aproximación capaz de abordar lo real, lo cotidiano y lo construido, según tácticas y estrategias adaptables en el tiempo, trabajando simultáneamente a corto plazo (respondiendo a las principales urgencias) y con una visión integradora (estratégica) de los procesos, buscando su confluencia según una secuencia programada de acciones y proyectos complementarios, de variada í­ndole.
  2. Los procesos de participación: Una intensa y rica interacción entre acciones humanas y condiciones espaciales se verifica en la producción de la ciudad informal, desde el modo original de proveerse de servicios e infraestructuras (cloacas, drenaje, agua y electricidad) hasta la utilización de la «calle» como extensión del espacio privado. Las estrategias para configurar espacio habitable comprenden altos niveles de participación de los involucrados y una compleja interacción entre aspectos fí­sicos y acciones sociales.
  3. La combinación de estrategias: Una no habitual combinación de estrategias a lo largo del tiempo es normalmente la forma de optimizar la relación entre necesidades y posibilidades de enfrentarlas.
    La construcción de una estructura básica para vivir, o de un comedor popular, puede llevar dos dí­as y, en otros casos, la transición de refugio a vivienda terminada puede demorar décadas. Esto obliga a repensar la comprensión de la urbanidad en el sentido tradicional del término, apuntando a una «urbanidad» definida por acumulación y densidad de procesos socio-espaciales, que incorpora algunas reglas mí­nimas de orientación y ordenación.
  4. Los espacios no jerárquicos el espacio resultante de los procesos de ocupación «informal» está siempre en reconfiguración. Subdivisión del suelo, usos, infraestructura y relación «público-privado», presentan un alto nivel de adaptabilidad. Las formas especí­ficas de ocupación de terrenos y provisión de servicios e infraestructura sustituyen a las tradicionales jerarquí­as espaciales que operan en la ciudad formal.

Objetivos de los proyectos de estructuración urbana

Básicamente podrí­amos decir que se trata de democratizar el disfrute de la «urbanidad» para todos los ciudadanos. Combatir la ciudad dividida, el «déficit de ciudad», especialmente en los nichos de pobreza, pero no solamente en ellos; favorecer la conectividad de la estructura urbana como un todo; no desplazar a nadie de su lugar evitando cortar lazos sociales existentes; respetar la historia de la constitución de cada lugar especí­fico y las inversiones hechas por cada habitante con su esfuerzo personal. A partir de esto, articular los aspectos fí­sicos, culturales y ecológicos con las cuestiones de seguridad, garantizando una nueva condición de ciudadaní­a para esta enorme población, buscando diluir la oposición formal-informal mediante la articulación de las diferencias, generando puntos de transición.

Los trabajos comprenden dos aspectos principales:

  1. Elaboración del esquema de lectura de la estructura del lugar: Esta lectura parte del reconocimiento del territorio tanto en sus condicionantes como en sus potencialidades, a través de la «escucha» de las demandas de los habitantes del lugar y, al mismo tiempo, de una búsqueda de interlocutores en el entorno del área de actuación. Es una lectura multidimensional que registra el nivel de articulación interna y las demandas de los habitantes; las centralidades latentes y manifiestas; las conexiones con el entorno; las condiciones de accesibilidad; el proceso de configuración histórica; los equipamientos y servicios públicos disponibles; los vací­os internos y en el entorno de interés proyectual; el grado de organización de la comunidad y las caracterí­sticas y las condiciones paisají­stico-ambientales.
  2. Formulación del esquema urbaní­stico: Establece la base de coherencia general que articula lo fí­sico con lo social y lo ecológico, atendiendo a la viabilidad de las propuestas (relación coste/beneficio), indica las acciones jurí­dicas previstas, la reformulación del sistema de ví­as de acceso y circulación y el control de la expansión. Articula también lo intramunicipal con lo provincial y lo federal; refuerza las centralidades existentes y crea otras nuevas, señalando los acuerdos que deben ser buscados para viabilizar las intervenciones propuestas.

El programa Favela-Bairro en Rí­o de Janeiro

Los proyectos realizados en el marco del programa de urbanización de favelas denominado Favela-Bairro, con el objetivo de introducir los atributos de la urbanidad en las áreas de exclusión donde viven cerca de

1.200.000 habitantes (redes infraestructurales, nuevo trazado vial, edificaciones para la prestación de servicios sociales tales como guarderí­as, centros de salud, centros culturales, centros de generación de trabajo y renta, centros deportivos, lugares para la convivencia, etc.) están realizados a partir de un «paradigma racional». La ciudad favelada es siempre menor que su entorno. El trabajo en estas áreas de la ciudad implicaba hasta hace pocos años atrás riesgos de baja y media intensidad: casos de Vidigal, Salgueiro, Ferní£o Cardin, Fuba-Campinho, etc. Existí­a siempre un ambiente institucional que articulaba la publicidad polí­tica y habí­a una cierta autonomí­a para el ejercicio de la acción individualizada.

Altas intensidades y densidades

En la etapa actual (diez años después del inicio del programa) y al enfrentar el desafí­o de los grandes conglomerados de «informalidad», el entorno de la región favelada es también un horizonte de favela. El entorno y el horizonte son favela y constituyen el lugar de una multitud que no se manifiesta a través de los medios formales y que tiene una expresión débil, pero que produce «ciudad»; es el caso del «Complejo del Alemán», del «Complejo de Manguinhos», etc.

Pero una diferencia fundamental hoy dí­a es que existen mayores riesgos y amenazas. El arquitecto actúa en la metrópolis en medio de una polí­tica de baja intensidad; de polí­ticas débiles que parecen fuertes. Y quienes sufren con esta situación son los habitantes de estos lugares y los de un gran entorno. Las escalas de intervención son ahora también mucho mayores. El Complejo del Alemán comprende un conjunto de once favelas con un área de 202 ha y 57.000 habitantes; el Complejo de Manguinhos, con un área de estudio inicial de 204 ha y trece favelas, fue ampliado durante los estudios para un área de intervención de 1.400 ha debido a las interdependencias favelas-entorno.

El arquitecto en un contexto de «incertezas complejas»

¿Por qué el arquitecto-urbanista ofrece un elemento para la articulación polí­tica del territorio? Porque actúa como un mapeador de los conflictos, como identificador de las faltas. Pero también es absorbido por el problema del territorio. La cuestión que se plantea es cómo focalizar el territorio, cómo abordarlo desde otra perspectiva, cómo realizar el approach proyectual. Ahora, el lugar y la demanda son mucho más explosivos. Se trata del mapa de una ciudad que precisa de actores públicos. Y para ello es necesario poner en práctica procesos de participación y consulta eficaces. El enigma consiste en que la ciudad está aprisionada; que las poblaciones de esas regiones del municipio constituyen masas aprisionadas. ¿Y cuáles son los medios para movilizarlas y desaprisionarlas? Sin duda, la solución tiene que ver con un abordaje multidisciplinario y transdisciplinario de los diversos factores que intervienen, con una coordinación eficaz de las distintas esferas del poder público y con una gran movilización social, en la cual el papel de los «medios» es fundamental. Es necesario promover el debate desde todos los ángulos.

Consideraciones de un participante activo de la estructuración urbaní­sticosocial a lo largo de América Latina

1. Rí­o de Janeiro, Brasil

Después de diez años de participación ininterrumpida en programas de articulación urbana en las cuatro escalas (pequeña, media, grande y extra-grande) y aún después de haber obtenido conquistas muy importantes en este campo, todaví­a falta mucho por realizar en el ámbito del paí­s (Brasil). Es necesario coordinar más eficazmente las instancias del poder (federal, provincial y municipal), garantizar la continuidad de los programas y la conservación de las obras, incluso considerando las discontinuidades de orientación polí­tica de los sucesivos gobiernos, y establecer ciertos referentes básicos para todas las intervenciones.

2. Santo Domingo, República Dominicana.

Implicó la tentativa de solución de la cuestión urbana a través de la lógica del atractivo para conseguir financiadores internacionales; la idea de que instituciones multilaterales invertirí­an en buenos proyectos urbanos (arquitectura y urbanización colocados como objetos de competición) fue la base de la iniciativa «Ideas Urbanas para Santo Domingo» (2002).

3. Caracas, Venezuela

El problema de las barriadas populares se articula con el problema de los inmigrantes, de los extranjeros y con el éxodo. Es un lugar de disputa polí­tica entre el gobierno y la oposición y también un fenómeno de gran escala. Una única «favela» (entre las tantas que existen) en Caracas tiene un millón de habitantes y una alta densidad (favela de Petare). Para actuar en estas circunstancias, puede requerirse una «metodologí­a de guerra», pues se trata de territorios de conflicto armado no convencional, como expresión de lo social degradado.

4. Ciudad de México, México

El fenómeno de la «brasileirización» se articula con la gran escala del problema de la basura en esta ciudad, lo que constituye un drama social y ambiental de enormes proporciones. El contraste formal-informal en el barrio de Santa Fe es altamente explosivo y sintomático. Del lujo a la miseria la distancia es muy corta.

5. Ciudad de Montevideo, Uruguay

En cierta forma, las áreas informales pueden ser articuladas con la ciudad formal por la potencialidad de la cooperación productiva (cooperativismo y asociativismo), áreas en las cuales la municipalidad de Montevideo tiene una cantidad de experiencias desarrolladas con éxito, desde hace ya varias décadas.

6. Ciudad de Buenos Aires, Argentina

El lugar de la informalidad (Villa 31 y 31 bis) está en este caso en el propio corazón de la ciudad formal (área de Retiro), donde no se quiere asumir la villa como problema y que ahora comienza a ser espacio de toma de conciencia, en el que se busca un acuerdo directo de negociación con el poder. Representa claramente la insuficiente atención dada todaví­a al problema de las áreas informales de la ciudad.

7. Ciudad de Valparaí­so, Chile

La parte alta de los cerros que rodean la ciudad carece de un plan de articulación urbaní­stico-socialambiental que los dote de infraestructura, servicios y de una mejor conectividad con el centro de la ciudad (donde se concentran los servicios metropolitanos y las principales fuentes de empleo). Es necesario actuar con una visión estratégica del desarrollo urbano, capaz de resolver al mismo tiempo las principales urgencias.

El debate

¿Se trata de una salida por la vertiente ética o por la de las producciones deseantes? Tanto Deleuze como Negri coinciden en destacar el poder de los «agenciamientos».

El arquitecto es un «reterritorializador» en un ambiente general de desterritorialización. Como existe una fuerza desterritorializadora en el territorio (las áreas informales son áreas de guerra y la guerra es desterritorializadora), la estructura es de acoso permanente. El arquitecto discute la fuerza de la desterritorialización desde la perspectiva de cómo los sujetos se apropian del territorio. La «Franja de Gaza» como un lugar donde Israel ataca y Hammás ataca es un territorio en disputa. ¿Cuál es la salida? ¿Cómo repensar las «Franjas de Gaza», de una ciudad donde algunas de ellas son mayores que las mismas franjas integradas? Se trata de una situación en busca de un concepto. Y para ello es necesario desconfiar de todas las territorializaciones y plantear una tregua. Pero, ¿cuáles son las fuerzas que pueden producir una tregua?

«Un arquitecto es un obrero en la tregua, un polí­tico en la guerra, un filósofo en las horas libres y un artista cuando puede.»

Pero el arquitecto no es aséptico, tiene que negociar con las condiciones del territorio, escucha las demandas de los habitantes e interviene en las correlaciones de fuerzas. Y encuentra una tipologí­a de actuaciones, analiza los lí­mites de las potencialidades y los riesgos. Es necesario prestar mucha atención al «espacio público», esa especie de tierra de nadie (cuando la hay) carente de mantenimiento, elaboración estética y hasta de función.

Mapas de supervivencia ¿Cuál es el mapa del arquitecto? ¿Cuáles son sus geometrí­as? ¿Cómo un mapa es obligado a replegarse? ¿Cómo moverse en un lugar que no se puede fotografiar, en el que no se pueden pasar 24 horas seguidas?

El arquitecto no debe tener miedo de la guerra, porque la ciudad burguesa, la de los dispositivos de autoapartación (la de los barrios cerrados, la de las calles privatizadas) como mecanismo militar y simbólico de segregación, crea ya la metáfora de la guerra. Y hasta porque del otro lado (del lado de los clandestinos), ellos inicialmente se insertaban en el lugar, pero hoy, en la era del celular, es el lugar de las facciones. Gran parte de esta problemática fue creada en América Latina por los poderosos desde la época de la Colonia. Se trata de bio-polí­tica (no sumisión a las lógicas dominantes) contra bio-poder (poder de las instituciones y de las redes; control de la magnitud de los problemas, que a partir de un momento dado acaban escapando al control).

Así­, el arquitecto es, en el drama urbano contemporáneo, un cuerpo expuesto al riesgo que tiene que aprender a desplegarse y replegarse y, trazando el mapa del riesgo, actuar desde dentro, formulando un proyecto de estructuración que considere la lógica de la ciudad como un todo, articulada con intervenciones puntuales concretas e inmediatas. Lo que implica captar la estructura del trauma en la ciudad.